Con nombre de baloncestista lituano, lo que comenzó como un proyecto nacido de las cenizas de El Niño Gusano y de otras bandas zaragozanas como Pulmón, Big City o Caracols, llega hasta su tercer disco, Esta vida pide otra (atención especial a uno de los títulos más afortunados de los últimos años).
En este nuevo álbum, el grupo cambia de sello discográfico (de Grabaciones en el mar a Limbo Starr), asienta su formación (Sergio Vinadé y Sebas Puente a las guitarras y voces, Edu Baos al bajo y Alfonso Luna a la batería) y trae canciones más eléctricas y melódicas a la vez. Sebas nos presenta su disco antes de iniciar su nueva gira.
Fue en 1989, durante el Festival de Cine de Cannes, que el público pudo
empezar a apreciar por primera vez el acento nostálgico de unos repetitivos
acordes llenos de lirismo que resaltaban, como un motivo encantado, las
impactantes imágenes de la película de Emir Kusturica El tiempo de los
gitanos.
“Ederlezi”, una canción basada en un retazo de una melodía
procedente del folklore albanés, iba a ser la pieza definitiva para catapultar
a Goran Bregovic al reducido coto de los compositores de culto de música para
películas, revelando al mismo tiempo su variado talento, tanto a la gente de la
industria cinematográfica como al público internacional ávido de nuevas
emociones.
En el tiempo de unos escasos diez años, Bregovic escribiría algunas
bandas sonoras excepcionales, entre las más hermosas de la década, en especial
aquellas que extendieron su colaboración con su alter ego Kusturica para una
trilogía ya legendaria: El tiempo de los gitanos, El sueño de
Arizona y Underground.
No sería todo: asimismo compondría, manteniéndose fiel a su arte del
collage, algunas extrañas y cautivadoras melodías para La reina Margot,
la magnífica evocación del siglo XVI hecha por el director Patrice Chereau, y
pondría su pluma también al servicio de Train de vie, de Radu
Mihaileanu y Lionel Abelanski, y Kuduz, de Ademir Kenovic.
Lo más curioso es que Bregovic no fascina por conformarse a aquella
vieja regla que dice que una buena banda sonora es aquella que no se escucha,
sino, precisamente, por todo lo contrario, por retar tal afirmación y oponer la
salud de su propio universo a los trabajos de los directores de esas películas,
sin ceder un ápice en sus principios estéticos.
Bregovic no es uno de esos ilustradores-compositores que intenta con su música
seguir el rastro y el dictado de unas imágenes, como si de una fantasía por
encargo a medida se tratase, realzando devotamente cada emoción, cada efecto,
manteniéndose fiel a las situaciones dramáticas propuestas en la pantalla.
Lo que presenta es un sentido real de la imagen, verdaderamente personal
y original, así como una genuina percepción del movimiento, como si se tratase
de un auténtico dramaturgo que, a su manera, va llenando progresivamente el
espacio sónico. De esta forma intenta controlar su energía, descubriendo cada
canción en sí mima como un ruidoso argumento que muestra, con sus sentimientos
exagerados, una ironía cáustica, el gusto por todo lo que es espectacular, su
intención deliberada de impresionar...
Al final el espectador se pregunta si Bregovic no estará más por la
labor de intentar crear un discurso paralelo, casi efectivo por sí mismo, con
sus propias tensiones dramáticas, su propia lógica narrativa, independiente de
la película, y mucho menos interesado en que su banda sonora sirva para dar
servicio a la imagen. Aún más, ¿no cabría pensar que su relación con las
películas para las que trabaja no es una alianza, sino simplemente un
conflicto?
Al final, todo su talento descansaría en su travieso arte del montaje,
en una visionaria forma de unir dos aspectos que nunca se crearon para ir
unidos, de conveniar los extremos, de unirlos por un momento en la misma utopía,
de ligarlos en el mismo trazo de una única voluntad.
De todas formas, las bandas sonoras de Goran Bregovic no pretenden
resolver nada, ni negar diferencias de opinión, ni sentar contrastes formales,
sino que presentan retos, para jugar con ellos, para atreverse con las
conexiones más audaces, los más alocados anacronismos y hacer que se entren en
discordia unidos.
Eso es lo que, al fin y al cabo, vienen a probar sus dos colecciones más
recientes, Music For Films, con retazos de todas las bandas sonoras que
ha compuesto en la última década, y Songbook, un tratado abierto en el
que se recogen todas las composiciones cantadas incluidas en estos filmes, en
los que, tanto el salvaje Iggy Pop, como la melancólica Cesaria Evora, el gótico
Scott Walker o la lírica oriental de Ofra Haza son llevados desde el terreno de
sus intérpretes hasta la perspectiva regional de Bregovic, de forma que aquello
que los une pueda aportarles luz propia. Para el compositor de los Balcanes, las
canciones son el lugar perfecto en el que hacer brotar la reconciliación, más
allá de la edad y de la cultura.