Aquí están. Las preguntas que muchos nunca se atrevieron a preguntarle o, ni tan siquiera, a imaginarse. En las manos de sus fans, Bunbury se muestra como es. Sin más. Sin más intermediarios que la coordinación de Las Líneas del Kaos. Directamente de sus seguidores a su escritorio, por las preguntas discurren tanto su etapa en solitario comosu primera aventura con Héroes del Silencio.
CAMPUS GALICIA ARTICULO FESTIVAL DOCTOR MUSIC 2000
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CAMPUS GALICIA ARTICULO FESTIVAL DOCTOR MUSIC 2000
Doctor Music: Beck bien vale el intento
Xavier Valiño
Beck
en directo
“Viajo sin rumbo fijo en mis botas
viejas...” Evidente: si Beck no existiera, el Doctor Music Festival tendría
que inventárselo. Genios así –por fin el mismo se propone ya como tal sin
paliativos- no abundan ni nacen todos los días. Llegó con su pinta de
desvalido tísico y levitó, a base de blues rural, acústica y armónica, por
encima de cualquier interrogante en una carpa que se quedaba a la altura de su
tamaño físico: pequeña para tamaña demostración. Le bastaron tres canciones
para amenazar con que lo suyo no tendría parangón. Nada ni nadie lo podría
parar y, mucho menos, superar.
Dos horas después, en el escenario principal arrolló a todo lo que se puso a
tiro. Su música, de otra dimensión; sus músicos, tan extravagantes como
efectivos; su pinchadiscos, arrancándose por bulerías extraterrestres en los
platos; sus canciones, tan grandes como el anfiteatro natural al que se dirigía;
su final, de un teatral que aún justifica el pasado alternativo que se le
supone. “Jack-Ass” sirvió de detalle, interpretado como “Burrito” en un
ininteligible castellano y a golpe de mariachi. ¿El concierto de su vida?
Probablemente. Si Prince es el príncipe de Minneapolis, y Björk se convirtió
un buen día en la reina de Benicassim y de nuestras vidas, Beck fue el rey de
todas las vacas, al menos de las pasadas, y el único capaz de sustentar en su
frágil figura todo un macrofestival, justificando, de paso, los 37 millones que
se llevó y que los organizadores se lo robaran a un festival de la competencia
a golpe de talonario.
No queda claro si el viernes se declaró como día triunfal sólo por su
presencia, aunque hay que reconocer que Muse le pusieron más intensidad y
entrega que nadie en la Carpa Cabra 1, que Henry Rollins volvió a desgañitarse
sobre las tablas como poseído por el demonio, tres versiones de Thin Lizzy
incluidas, y que Rinocerose dejaron planear libremente su electro elegante como
nunca antes sobre los prados de Llanera, convirtiéndose en la inesperada
sorpresa de la onda bailable. Incluso Pet Shop Boys tuvieron un pase, a pesar de
su insospechada sobriedad, al desgranar sus éxitos uno tras otro sin respiro y
con intervalo acústico incluido.
No había avanzado mucho el sábado en la esfera de los relojes de quienes habían
tenido la suerte de vivir un día sin igual en las 24 horas precedentes, cuando
quedaría claro, con Zebda en el escenario, que ése era el día para cumplir
con las expectativas que a cada uno se les tenían reservadas.
Los franceses se refrendaron como los más firmes candidatos al trono vacío de
Mano Negra. Paul Weller supuró clase, estilo y gusto como nadie, aunque haciéndoselo
evidente sólo a una generación muy concreta, porque a los demás les faltaba
una canción con la que conectar. Hefner confirmaron que no hay nadie como ellos
para que le reflejen a uno las contradicciones de la vida propia con
inteligencia y simpatía, a medio camino entre Violent Femmes y Jonathan Richman.
Manta Ray, de nuevo, sí, tejieron sus ambientes hipnotizadores, esos a los que
llaman canciones sin serlas. Tindersticks volvieron a dramatizar sus lamentos no
pensados precisamente para grandes eventos.
Incluso el espectáculo teatral de Els Comediants, grandes como todos los
anteriores, podía intuirse: el fuego como excusa perfecta para sacar sus
pasacalles de demonios traviesos, brujas enrevesadas, bufones gamberros, tracas
y antorchas, todo ello coronado por fuegos artificiales y extras encarnando a la
Razón. Sólo Sandy Dillon, por desconocida, y 7 Notas 7 Colores, por desplegar
más artillería verbal de lo habitual y contar con DJ Vadim a los platos, se
escaparon al guión previsible para brillar como el resto de sus colegas de día.
No las tenía todas consigo el domingo y, a medida que pasaban las horas, aún
fue a menos. Sólo Gomez y Leftfield salvaron los trastos. A Lou Reed los
aguaceros no le levantaban el ánimo y su sobria actuación fue retrasándose lo
indecible. Cuando salió, dejó claro que los mejores músicos de los tres días
estaban detrás de él y que su sonido era excelso, pero, de nuevo, no estaba
por las concesiones fáciles y, al igual que a su colega Dylan, acabaron exigiéndole
más.
Puede que no todos aprecien la calidad por sí sola. Es más: últimamente la
vistosidad escénica se impone a la calidad artística. Y en el Doctor Music
Festival hubo ejemplos para dar y tomar: Molotov, Bloohound Gang –estos al
menos políticamente incorrectos-, Soviet Sister...
Aunque, una vez más, por desgracia, el protagonista principal fue la ausencia
de respuesta popular. Los responsables del evento no saben apuntar una razón y
hay que reiterarles que es exclusivamente una: un cartel tan amplio y variopinto
que, aún siendo ésta también su mayor virtud, impide marcar una línea de
referencia y ahuyenta a los espectadores. Con abonos más baratos y un cartel más
atractivo –sí, la primera edición es, definitivamente, insuperable- otra
vaca les cantaría. Además, deberían suplir sin disculpas las ausencias,
muchas y de renombre en esta ocasión: Les Rythmes Digitales, Gorky’s Zygotic
Mynci, Robert Plant con Priory Of Brion, Manchild, Rae & Christian...
De lo demás, nada que objetar. Tal es la impecable organización, la comodidad
y las excelentes infraestructuras que lamentaríamos tener que dejar al Doctor
Music Festival dormitar en la noche de los tiempos. De todas formas, y al menos
por esta edición, siempre quedará Beck y sus caleidoscópicas imágenes en el
recuerdo.