Projecto Mourente, a la felicidad por la electrónica
Empezó como un pasatiempo de Carlos Valcárcel, su factótum, en su habitación. Projecto Mourente editó un primer álbum, Baixo os eucaliptos, como quien no quiere la cosa, sin armar ruido, y poco a poco se fue haciendo un hueco en la escena gallega con su techno-pop bailable. Después se atrevió a dar conciertos. Hoy, con la misma filosofía que antes, pero con mayor repercusión, tiene ya un segundo disco, Kara.o.ke, comparte protagonismo con Yolanda Valcárcel, cuenta con varios invitados y se prepara ya para el directo.
Curioso, curioso. En un Estado en el que todos huyen de la cultura
minoritaria como la peste, el festival veraniego que triunfa es el de Benicassim,
consagrado a la música independiente y más al margen de los medios masivos. Y
no hay excusas que valgan: a estas alturas el Festival Internacional de
Benicassim tiene un público fiel que pasea la especialización como su
estandarte y el elemento que le hace existir por imperiosa necesidad.
Edición
del 2000: 24.000 espectadores, 700 periodistas, televisión en directo, 150
millones de oyentes a través de las ondas, 500 millones de presupuesto...
Cantidades para marear, pero no para perder el Norte. A pesar de haber crecido
cuantitativamente en los años anteriores –no en éste, ojo, el techo ya está
marcado-, la filosofía original permanece inalterable. Y el resultado se
traduce en un balance artístico satisfactorio y en una organización casi
impecable: quedan en el debe los cortes a Primal Scream, Elastica, Johnny Marr’s
Healers o Los Fresones Rebeldes.
Cartel.
Contar con Oasis en el plantel de artistas significa una seguridad que permite
dedicarse a grupos aún más minoritarios. Así que de menos calidad en la
programación, nada. Más bien todo lo contrario: posibilidades así no se
pueden tener todos los días, por lo que la mayoría intentan convencer a una
audiencia respetuosa, pero crítica, de sus propuestas. Arriesgadas unas,
desconocidas otras, creativas todas, y con un amplio margen por delante, del que
Benicassim se convierte en punto de partida a ese sendero que ya no tiene vuelta
atrás.
Oasis.
Sólo uno de los hermanos Gallagher, Liam, se dignó en pisar el escenario. Noel
ya no es más que el mito a imitar. Lo hace su guitarrista de reemplazo, como un
clon -y lo hace también Johnny Marr al frente de su nueva banda, demostrando
como el maestro ha pasado a imitar al alumno-. Lo que ahora representan los de
Manchester, cuando Liam decide concluir un concierto, es un gigantesco karaoke,
poniendo en evidencia que los Oasis del 2000 poco tienen que ver con la banda
que hace cuatro años conquistó el mundo. Eso sí, los sustitutos se ganan el
sueldo con su perfecta clonación, y cuando Liam canta “Rock’n’Roll Star”
el mundo le da la razón: ha conseguido su sueño, con la arrogancia y la chulería
como elementos indisolubles a tal condición.
Primal
Scream. Si los Rolling Stones sonaran como deberían en este cambio de milenio,
se llamarían Primal Scream. La mejor banda rock del mundo, ni más, ni menos.
Tienen la actitud punk, los riffs del Keith Richards más bastardo, la química
del verano del amor, la imagen de Joe Strummer y la fuerza de una locomotora
desbocada. Suenan peligrosos, sucios, vanguardistas, clásicos, primitivos,
agresivos, eléctricos... Incitan a la rebelión y consiguen la unanimidad en la
acción y en el baile. Bobby Gillespie es la instantánea de Benicassim 2000, al
menos la que nos gustaría recordar.
Richard
Ashcroft sin The Verve. El nerviosismo dio paso a una confirmación. Sin su
anterior grupo, Richard Ashcroft pierde fuelle: sus acompañantes no dejan de
ser meros mercenarios. Pero jugó con las cartas marcadas: ennegreció su
inmaculado sonido con coros soul y gospel y, al final, consiguió que su
reblandecido sonido diera el pego. Triunfo por insistencia y convencimiento.
Escenario
Maravillas. En un escenario tan grande, consagrado en su mayoría a las
propuestas más rock, casi todos brillaron por debajo de las expectativas. Sólo
merecen una mención Six By Seven –penúltima regeneración del rock británico-,
Autor de Lucie –delicadeza entre tanta pretenciosidad- y la excelente voz de
la cantante de Morcheeba, un grupo demasiado dirigido a las audiencias
mayoritarias.
Grupos
estatales. Los Planetas arribaron con una actuación anterior olvidable y, en el
2000, casi consiguen hacerlo inolvidable. Aún habrá tiempo para superarse,
porque el Festival es suyo. Sexy Sadie tienen ya bastantes clásicos coreables y
Astrud reconvirtieron la ironía y la sencillez en su mérito –“gracias por
venir a vernos a nosotros y no a Onasis;
al menos nosotros hemos venido los dos”-.
Escenario
“Viaje a los sueños polares”-“Urbe.es”. Con la única pretensión de
disfrutar, agradar y convencer, la mayoría de sus inquilinos ocasionales fueron
los grandes triunfadores: Saint Etienne y su pop lujoso y lujurioso, Pizzicato
Five al borde del delirio bailable y Gonzales como el trío más canalla e
incorrecto de los tres días. No estuvieron solos: Mojave 3, Baxendale, Pop
Tarts, Le Hammond Inferno –y la consigna “Move Your MP3s”, guiño al
subconsciente colectivo en tiempos de piratería masiva en red-...
Dos momentos para el recuerdo. Richard Ashcroft y sus diez minutos en acústico
y eléctrico de un “Bitter Sweet Symphony” glorioso, y Moloko, con veinte
minutos de un “Sing It Back” en acústico, eléctrico y versión dance que aún
seguiremos bailando por mucho tiempo.