Uf. Hablamos de alguien que ha actuado en películas de Woody Allen, Brian De Palma, Christopher Nolan, Robert Reford, Joel y Ethan Cohen… De alguien que ha sido la imagen de L’Oréal y Louis Vuitton. De una joven que a sus 24 años tiene enamorada a la mitad del planeta. De una actriz que tiene entrada a las fiestas más selectas, a la clase preferente de los aviones y, suponemos, a la barra libre allá donde se le antoje.
En las serpenteantes rúas
de los barrios más tradicionales de la ciudad blanca -Alfama, Barrio Alto,
Ribeira, Mouraria o Mandrágora-, el alma portuguesa se puede sentir y hasta
palpar, al mismo tiempo que su forma más perfecta de manifestarse, el fado, se
vuelve reconocible en cada esquina. Las tabernas y las casas de fado se reparten
anárquicamente por sus calles y, cuando el sol se oculta, los aficionados se
colocan una noche más delante de su público imitando a los grandes clásicos.
“Ni alegre ni triste, un episodio de intervalo”. Así definía Pessoa
al fado. Es, también, la tradición sin
traducción, tal y como anuncia uno de los varios carteles que salpican esas
calles, expresada a través de unas canciones en las que la añoranza, el
destino, la tristeza, el sino y la saudade
se convierten en los referentes básicos de una cultura popular exclusivamente
portuguesa, aunque de alcance universal.
El fado es, tal vez, junto al blues, el flamenco y el tango, la más
perfecta comunión íntima entre una música y su lugar de origen. A través de
los años se ha convertido en el mejor exponente de la angustia interna, la pasión
amarga y la serena melancolía que habita en el alma de los portugueses.
En el siglo pasado la idea del cantador de fados iba asociada a las
tabernas, los prostíbulos, la golfería y la imagen de los chulos. No en vano
la primera fadista fue una prostituta llamada María Severa, quien, después de
muerta a los 25 años, sigue conservando viva su leyenda debido, sobre todo, a
sus amores con el Conde de Vimioso a mediados del XIX.
Tras sus orígenes humildes, recolectando influencias árabes y
africanas, y su posterior expansión como sublimación de la canción
costumbrista popular, espontánea, trágica y algo canallesca, llegó la gran Amália
Rodrigues para dignificarlo y llevarlo al resto del mundo, alargando su sombra
sobre toda posibilidad de evolución posterior, al igual que Gardel con el
tango.
Más adelante, en su versión de Coimbra, el fado se sofistica, entra en
contacto con el mundo más lírico de los poetas y se acerca a otros ritmos de
raigambre atlántica, como el tango, la milonga o la habanera. Durante décadas
continúa estancado, hasta que nuevas voces como Dulce Pontes, Teresa Salgueiro
–de Madredeus-, Misia o Bevinda reivindican aquel legado en sus canciones, más
en lo que concierne a su sentir que a la repetición de sus esquemas de
composición.
Ahora, con el fin de siglo, el fado parece vivir una nueva juventud. Y la
colección que ahora se edita, El canto de
la ciudad blanca, aprovecha esa situación para intentar ubicar su vigencia
a través de treinta y seis canciones en dos compactos en los que hay lugar para
casi todas las grandes voces que en el fado han sido a excepción de, por
ejemplo, nombres como Lucilia do Carmo o Alfredo Marceneiro.
Por una parte aparecen las grandes damas de la canción portuguesa, como
la propia Amália Rodrigues, Hermínia Silva, Maria Teresa de Noronha o Anita
Guerreiro. La ortodoxia continua en las voces de Carlos do Carmo, Paulo de
Carvalho o Beatriz da Conceiçao.
Algunos rompen con los tópicos de la canción triste, entre ellos Jorge
Fernando, Manuel de Almeida, Joao Pedro o Joao Braga, mientras otros lo
aproximan más al pueblo: Vicente de Cámara, Tereza Tarouca o Rodrigo. Pero
también hay tiempo para los grandes compositores –Paulo, Ferrer Trindade, Max,
Raúl Portela o Frederico de Brito- y el reflejo de la evidente relación con
los poetas portugueses –Almeida Garret, Pedro Homem de Melo, Alexandre O’Neill
o José Carlos Ary dos Santos-.
Tal vez el aspecto más destacable de esta colección sea la traducción
de todos los textos al castellano, labor realizada por el español Carlos Pérez
Álvaro, que vivió en Lisboa y sigue ligado al país vecino. Se acompaña,
también, un breve glosario de términos utilizados habitualmente en las piezas
propias de este género.
José Niza, psiquiatra, diputado socialista por Santarem y compositor de
fados, se encarga de la erudita presentación. Esta elección tiene su razón de
ser: Niza fue el autor de “E despois do adeus”, la canción que dio el
pistoletazo de salida a la Revolución de los Claveles, hace ahora 25 años. Se
echa en falta, eso sí, información sobre la fecha de grabación de las
canciones y una pequeña biografía de cada artista.
El punto y final lo ponen, de nuevo, las palabras de Pessoa: “El fado
es el cansancio del alma fuerte, la mirada de desprecio de Portugal al Dios en
que creyó y que también lo abandonó. En el fado, los dioses regresan, legítimos
y lejanos.”