A los dos años empezó a tocar instrumentos. Con 10 tocaba la guitarra. A los 14 lideraba su propia banda, Commander Venus (con la que editó dos discos), y en la que compartía tiempo con otros proyectos como The Magentas, Park Ave. o Norman Bailer. Más tarde, con Desaparecidos publicó un disco. Pero es con Bright Eyes y sus siete álbumes con los que se dio a conocer internacionalmente. Ahora, cuando aún está en los 28 años, edita el undécimo disco de su trayectoria, esta vez bajo su propio nombre, así que podemos considerar que es el primero en solitario.
CAMPUS GALICIA ARTICULO ESTADO ACTUAL DE LA INDUSTRIA MUSICAL: MALOS
TIEMPOS PARA LA LÍRICA
Escrito por Administrador
CAMPUS GALICIA ARTICULO ESTADO ACTUAL DE LA INDUSTRIA MUSICAL: MALOS
TIEMPOS PARA LA LÍRICA
El estado actual de la industria
del pop
Malos tiempos para la lírica
"Malos
tiempos para la lírica". Así cantaban Golpes Bajos a mediados de los 80.
Ha pasado ya mucho tiempo y se ha convertido ya en un tópico muy socorrido. Sin
embargo, aunque en ningún momento dejó de ser verdad tal afirmación, nunca
como ahora se puede aplicar con tanta rotundidad a la música popular.
La industria se encuentra en un callejón sin salida y su crisis, la mayor desde
que Elvis Presley grabara "That’s All Right (Mama)" en el año 1954,
se muestra como un círculo vicioso, en la que sus apuestas y actitudes son, al
mismo tiempo, causa y consecuencia.
Tal vez nunca haya habido en estas cinco décadas de
pop y rock tanta diversidad de estilos y artistas con tanta ansia y tantas
canciones para mostrar. Al mismo tiempo, los canales convencionales se
encuentran más limitados que nunca y, además, el compositor ni siquiera tiene
asegurado su sustento por el mero hecho de escribir una canción.
Muchos recuerdan el pasado y hablan de tiempos
mejores. Conviene desmentirlo cuanto antes: en la docena de años que esta
revista lleva dedicando un espacio a la música popular -término que definimos
por su contraposición al de música culta-, los discos destacados se cuentan
por cientos. Los artistas creativos no han dejado de existir, como pueden ser
Massive Attack o Radiohead, por poner dos ejemplos recientes. Las buenas
canciones, la base de todo este tinglado, están ahí para quien las quiera
disfrutar, siempre que se consiga dar con ellas, porque no es tarea fácil.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿En qué momento
se torció todo? ¿Quién tiene algo que decir en toda esta historia? ¿Qué es
lo que se puede hacer?
Crisis, ¿qué crisis?
La
industria musical está en crisis, sí. Tal y como reconoce el sector, el futuro
se presenta muy negro. Puede que a mediados de esta década se toque fondo,
según las previsiones, y puede que aún no esté todo perdido, siempre que
consigan adaptarse a los nuevos tiempos. Hablamos de la industria, ojo, que no
estrictamente de los creadores.
El punto de inflexión hay que buscarlo a mediados de los 80, cuando el vinilo
deja paso al disco compacto. Un soporte que es más barato que aquel en el que
se difundía la música hasta ese momento, pasa a costar el triple. Los
consumidores no fueron entonces demasiado conscientes de lo que aquello
representaba y el cambio de formato, aunque traumático por el precio, se fue
haciendo lentamente, sin grandes reivindicaciones.
Las compañías vieron como su cuenta de resultados empezaba a hincharse.
Durante los primeros diez años, las reediciones y la atención al fondo del
catálogo fue una de sus principales obsesiones. Quien tenía los vinilos de los
Beatles, por poner un ejemplo, quería hacerse con su respectiva copia en
compacto, un formato que -se supone- duraba para toda la vida.
Justo entonces, los sellos discográficos empiezan a
descuidar a los nuevos valores. Es muy fácil de entender si se tiene en cuenta
que los últimos mitos mayoritarios, aquellos que mueven a los consumidores a
las tiendas y a los conciertos, con independencia de la valía de su última
obra, se forjaron en los 80: U2, Madonna, Michael Jackson...
Evidentemente, los artistas válidos y creativos
seguían estando ahí, pero siempre resulta más sencillo prestar atención a un
producto ya amortizado de antemano y en el que no hay que invertir de nuevo.
"Pan para hoy, hambre para mañana". Sin embargo, poco podía
preocuparles tal asunto a los dirigentes de compañías a las que se les exige
un balance anual positivo y que, en su inmensa mayoría, sabían que no iban a
estar en sus puestos para ver lo que pasaría años más tarde y asumir sus
responsabilidades.
Esa situación se viene arrastrando durante más de una década. Así que, en
este momento, aunque se consume más música que nunca, las compañías no ganan
lo mismo. No obstante, conviene desenmascarar la falacia que supone hacer pasar
por resultados negativos -que aún no es el caso- lo que realmente sucede: que
no se obtienen los mismos altos beneficios de ejercicios pasados.
Tres fenómenos más recientes han ayudado a agravar
la situación: la piratería, la descarga gratuita de archivos en Internet y la
aparición de programas televisivos de gran éxito. Vayamos por partes.
Material pirata original
La
piratería siempre ha estado presente, aunque en menor medida que en estos dos
últimos años. Antes se copiaba del vinilo a un casete. Aún podemos recordar
aquella campaña que decía algo así como "las copias caseras están
destruyendo la música". Puede haber llegado a adquirir una cierta
relevancia en su momento, pero nadie se podía imaginar que lo peor estaba aún
por llegar.
Hoy, las copias a través de grabadoras de compactos caseras están a la orden
del día, aunque es difícil saber cuál es la proporción de disco copiado por
disco vendido. Según la legislación vigente, hacer copias para el propio
consumo es perfectamente legal. Otra cosa muy distinta es la copia fraudulenta
en cantidades industriales para su posterior venta. No se puede olvidar aquí
que las mismas multinacionales que se quejan de este fenómeno son, en una buena
parte, las mismas que fabrican los aparatos grabadores.
Estamos, sí, ante el llamando top manta, un
fenómeno esencialmente español. Algunas explicaciones que se dan para intentar
comprenderlo hablan del buen tiempo en nuestro Estado, que ayuda a la venta en
la calle. La principal razón, no nos engañemos, es el escaso rechazo social
que esta actitud tiene. Y por ahí va a ser muy difícil y llevará mucho
tiempo, siempre que se pongan los medios necesarios, modificar el sentir
generalizado.
Algunas voces exigen una mayor persecución
policial. En ese caso, está claro que se debe centrar, sobre todo, en los
responsables últimos de las redes que hacen de este negocio su medio de vida.
Sin embargo, no cabe ninguna duda de que sería mucho mejor concienciar a la
sociedad en el respeto por los derechos del autor que perseguir el delito.
La entrada en escena de Internet ha complicado más
el panorama. Se supone que hoy están disponibles en la red unos mil millones de
archivos musicales para su descarga gratuita, lo que la convertiría en la
auténtica biblioteca de Alejandría musical. Tal y como están las cosas, si
una canción no se puede encontrar en Internet, entonces es que no existe.
La democratización de la música, con un papel en
el que los consumidores pueden, a su vez, erigirse en compositores y creadores,
mezclando a su antojo los sonidos disponibles, es irreversible. Todos pueden
ser, en el fondo, apropiadores del sonido. Todos pueden combinar elementos del
trabajo de otros para crear algo nuevo, retando al viejo modelo de la autoría.
Además de los propios creadores, quienes más
tienen que perder son las compañías discográficas tradicionales. Por ahora,
su actitud ha sido la equivocada, persiguiendo a las plataformas que permiten
ese intercambio de archivos. Como los programadores son mucho más hábiles, y
siempre irán por delante, hoy el intercambio se produce ya de usuario a
usuario, sin pasar por un ordenador central y, por lo tanto, sin posibilidad de
control y persecución. Otra actitud muy distinta hubiera sido entender la nueva
situación como una ilimitada posibilidad de promoción. Como es probable que ya
sea demasiado tarde, nunca sabremos lo que hubiera pasado.
Estas viejas estructuras empresariales lo tienen
bastante difícil en un nuevo escenario que les cuesta entender. En los últimos
meses han estado intentando definir cuál será su modelo de negocio en la red
para los próximos años, pero aún no han llegado a un acuerdo. Así, en los
últimos meses, cada compañía parecía optar por una plataforma: en esta
línea fue realmente curiosa la breve e infructuosa alianza de BMG con Napster,
la plataforma convertida meses antes en el enemigo público número uno de la
industria y a la que declaraban responsable de todos sus males, cuando no era
más que una avanzadilla de lo que estaba por llegar.
La estrategia más reciente y viable pasa por ceder
su catálogo completo a plataformas externas, a cambio de una contraprestación
económica. En este supuesto, es necesaria la alianza de todos los sellos para
que salga adelante, y esa realidad impide por lo de ahora una respuesta rápida
y contundente.
De llegarse a este modelo, el disco de una docena de
canciones, tal y como lo conocemos hasta ahora, puede pasar a la historia. De
nuevo, como sucedió en los albores de la historia del rock, la canción
-entonces en formato de single- vuelve a ser el valor de consumo y creación
predominante.
Grandes éxitos, grandes
errores
¿Cuáles
pueden ser las soluciones que conduzcan a una disminución de la piratería y de
la descarga gratuita de archivos? La primera y más importante medida para
favorecer la venta legal de discos, por mucha hipocresía que se le eche encima,
conduce directamente a la rebaja del precio del compacto.
Mientras en Europa este artículo soporta un 16% de
IVA, en los Estados Unidos los impuestos indirectos suman un 4%, el mismo tipo
que soportan en Europa, por ejemplo, los libros o los periódicos. Aquí es
necesario un acuerdo de la Unión Europea que, a día de hoy, no parece fácil
ni próximo.
Al mismo tiempo, es un hecho que las compañías
podrían bajar los precios de los compactos y seguir ganando dinero. Hay
precedentes en España de discos a unos seis euros que han sido todo un éxito
de ventas. En las últimas semanas, la discográfica independiente madrileña
Rock Indiana ha colocado todo su catálogo, incluidas las novedades, a un precio
de cinco euros.
Está por ver el éxito de esta valiente política
empresarial. En todo caso, conviene recordar que el compositor nunca recibe más
del diez por ciento del precio de venta al público y que la producción de un
disco compacto no llega a los dos euros, así que existe margen más que
suficiente para la rebaja.
Más peliagudo es el tema del modelo por el que han
optado las compañías, y que ha puesto a los nuevos creadores casi al margen
del sistema. Hoy sólo se impulsa aquello que se piensa que tiene posibilidad de
llegar a un público mayoritario. Peor aún, ya que en lugar de optar por apoyar
la carrera de un artista con posibilidades, la mayoría de los sellos se
empeñan en vendernos una y otra vez las recopilaciones de siempre, los discos a
base de refritos y los compactos que tienen alguna posibilidad de acceder a ser
expuestos en televisión.
La creencia, muy extendida, es que sólo vende quien
sale en televisión, con lo que la música pierde valor en la sociedad. Por
ello, si un artista -o disco recopilatorio, en la mayoría de las ocasiones- no
se puede colocar en algún programa o anuncio, se le apoya con campañas
multimillonarias. Esta cultura mercantilista implica que un artista sólo es
rentable si alcanza ventas millonarias, y muy pocos pueden aspirar a ello.
Desde aquí reclamamos la vuelta a un modelo en el
que al músico se le deje madurar, aprender y forjar una carrera digna, incluso
con sus equivocaciones. ¿Cuánto durarían hoy U2 si no vendiesen una cantidad
más que respetable con su primer disco? A la vez, se debería estimular la
capacidad crítica del aficionado-consumidor, de forma que sea capaz de
discernir entre todo aquello que se le ofrece y valorar a un autor y su esfuerzo
como se merece.
Por ahora, tal y como están las cosas, la única
posibilidad que le queda a los verdaderos autores es lanzarse desde el ámbito
independiente, a través de pequeños sellos que les permitan crecer, o vender
sus creaciones desde sus propias páginas web. Ya hay precedentes en este
sentido, y no precisamente de recién llegados: Prince, Public Enemy o Kiko
Veneno han comercializado sus creaciones desde la red, después de haber quedado
más que escaldados en su trato con la industria.
Televisión (la droga de la
nación)
Citábamos un tercer elemento, el de los fenómenos
televisivos de reciente aparición: Operación Triunfo, Popstars, Un paso
adelante... A nadie que esté detrás de estos programas le interesa lo más
mínimo la cultura. Sólo se trata de puro y duro negocio.
Los jóvenes que intervienen en estos programas
buscando su ocasión son meras comparsas al servicio del negocio. No hay la más
mínima creatividad en sus canciones -versiones, al fin y al cabo-, y el modelo
-y pensamiento- que se defiende es único: todos cortados por el mismo patrón.
Elvis Presley o Frank Sinatra también hacían versiones, pero forjaron
personalidades únicas que han quedado ya en el patrimonio colectivo.
Tampoco es de recibo que una televisión pública
apueste por un programa en el que una determinada empresa privada se haya
convertido en multimillonaria. Aún sin compartir su estrategia, lo que hagan
las cadenas privadas no puede merecer, en principio, la misma consideración.
Como resultado, las multinacionales han tenido que
acoger entre su catálogo los discos de gran parte de los jóvenes salidos de
ahí, conscientes de que ésa es la única forma de no perder el carro, aún
cediendo gran parte de sus beneficios. Por lo tanto, los artistas ya
consolidados han visto como todo su trabajo pasaba a ser considerado de segunda
fila frente a este fenómeno. Y los nuevos valores simplemente son ignorados.
Pasará, claro está, pero el daño ya está hecho.
Lo peor es que una nueva generación cree ya que ése es el único camino para
llegar a ser alguien en el mundo de la música, acabando con buena parte de la
mitología construida durante cinco décadas.
Masas contra las clases
La escasa atención de los medios de comunicación hacia la música popular es
algo consolidado desde hace años. Los grandes medios sólo prestan cobertura a
algún artista si se trata de nombres asentados, si sus nuevas giras los traen
por España o si les rodea algún escándalo digno de ser adornado con grandes
titulares. El resto se ignora sistemáticamente.
La televisión dejó de interesarse por el tema con
la aparición de las cadenas privadas. Televisión Española, en una
desafortunada lucha por las audiencias en un medio público, prescindió de
programas modelo como "La edad de oro", "Rockopop" o "Popgrama"
de sus parrillas. ¡Quién nos iba a decir que los echaríamos de menos! Por su
parte, los canales privados nunca mostraron el más mínimo interés.
Hoy se mantiene exclusivamente, dentro de lo que podríamos encuadrar en el
ámbito de la música pop, "Los conciertos de Radio 3" en la segunda
cadena de Televisión Española, una iniciativa muy loable y que está surtiendo
de un muy valioso material de archivo a la cadena. También en la segunda cadena
se le presta atención puntual en programas culturales tipo "La
Mandrágora" o "Metrópolis"
Tele 5 hace lo propio con "No sólo
música" en su parrilla, aunque, eso sí, a horas intempestivas. Y salvo
algún concierto aislado dentro de las emisiones codificadas de Canal Plus,
éste es el paupérrimo escenario al que nos tenemos que enfrentar. Ni siquiera
las plataformas digitales, próximamente fundidas en una sola, con lo que
reducirán aún más la oferta, han logrado ubicar en su programación un canal
que no escape a la mera imitación de la radio-fórmula.
El panorama radiofónico es similar. Tan sólo el
tercer canal de Radio Nacional, Radio 3, se mantiene al margen de la
radio-fórmula; en esa aventura sólo están acompañados por algunos espacios
muy concretos de M80. Nadie se atreve a mantener una programación al margen de
las fórmulas establecidas hace ya treinta años y, mucho menos, al margen de
los dictados de la industria, que es, no lo olvidemos, la mayor anunciante en
estos medios.
La prensa musical nunca tuvo un seguimiento alto en
España. Se mantienen varias revistas especializadas, como Rock De Lux, Ruta 66
o Efe Eme, pero su repercusión es mínima. A su lado, han aparecido en los
últimos años diversas revistas gratuitas, como Mondo Sonoro o AB, de mayor
tirada, precisamente por sustentarse exclusivamente de la publicidad y no cobrar
un precio al consumidor final, aunque eso tampoco quiere decir que se lean más.
Puede que los suplementos semanales de los dos
principales diarios del Estado -"Tentaciones" de El País y "La
Luna" de El Mundo- sean las dos publicaciones que llegan a más gente, a
pesar de una línea editorial errática, en la que se intenta atraer a sectores
de la población muy diversos. Si alguien se imagina que una publicación de
este tipo podría llegar a más gente, no tiene más que hojear la edición
española de Rolling Stone: nada que ver con el original o con su edición
hermana estadounidense, que se supone son su referencia.
Así que, salvo las muy contadas excepciones en el
ente público Radiotelevisión Española y algunas concesiones del grupo PRISA,
nada hay que reseñar en el desolador panorama musical de los medios de
comunicación.
Nuevo sueño dorado
Por
si fuera poco, tampoco los medios de comunicación son de fiar. Últimamente,
con la concentración empresarial que nos ha tocado vivir, ya no es nada
extraño que una misma empresa controle canales de televisión, emisoras de
radio, periódicos, discográficas, editoras, distribuidoras...
Por eso el papel de los periodistas musicales, la
mayoría free-lance que dependen del escaso sueldo que estos medios pagan
por escribir de un aspecto de la cultura que siempre se ha relegado a la última
plana, ha pasado a ser el de publicistas o promotores al servicio de su amo.
Mantener una línea independiente hoy es casi una hazaña, y para lograrlo es
necesario dedicarse a otro trabajo y mantener este tipo de periodismo
únicamente como una afición.
Por último, tampoco los premios que se entregan
anualmente merecen el más mínimo respeto. Tomemos como referencia más clara
los premios Amigo y los Premios de la Música, que todos se encargan de divulgar
profusamente, y en los que la propia industria vota y elige a los que son
candidatos.
Iniciativas distintas, como los premios Ondas, aún
intentando cubrir un espectro más amplio, siempre estuvieron bajo sospecha, al
ser bien conocido que son impulsados por un gran grupo mediático. Las recientes
denuncias en la revista Rock de Lux del subdirector del Periódico de Cataluña,
Rafael Tapounet, aunque hayan sido pasadas por alto, vienen a confirmar lo que
ya se sospechaba.
Según su versión, como miembro del jurado al que
fue invitado a participar, los nombres propuestos venían ya en una lista
cerrada de antemano. Para empezar, se le comentó que había tres fenómenos que
no podían quedar sin premio. Después, se encontró con que la mitad del jurado
votaba siempre por artistas que edita el mismo grupo al que pertenecían estas
cuatro personas.
Más tarde, uno de los argumentos para elegir al
mejor artista latino, que se llevó Shakira, fue que "mueve el culo como
Dios". Y, para finalizar, el premio al mejor vídeo musical se lo llevó
Marta Sánchez, con la siguiente justificación, entre otras lindezas:
"Tiene un par de poderosas razones para ganar".
Ante este panorama, que no deja de ser más que el
fiel retrato del difícil momento en el que nos encontramos, y que tiene pocos
visos de cambiar en los próximos años, sólo queda volver al principio. Para
esto, ¿tanto esfuerzo? Como decían Golpes Bajos, son malos tiempos para la
lírica.