“Este álbum, Viva La Vida or Death And All His Friends, estuvo impulsado por un deseo de pasar del blanco y negro al color”, declara Chris Martin el líder de Coldplay. “O, si quieres verlo de otra forma, decidimos dejar que nuestro jardín creciese un poco más salvaje. Se liberó al sabueso de su cadena”.
Una
buena parte de la población de este planeta sienta la cabeza cuando se van
haciendo mayores, mientras que otros, una minoría, se vuelven más rebeldes.
Estos últimos, sospechamos, son los que se divierten más, aún a costa de
renunciar a una vida sin sobresaltos.
No es ninguna sorpresa descubrir que, con los años,
el genio tan particular que es Bob Dylan, se haya convertido en uno de estos,
aunque durante una época parecía que podía ir en cualquier dirección. Después
de ser un icono musical durante gran parte de los 60 y 70, y de conservar su
reputación en los 80, a pesar de que su producción discográfica no estaba a
la altura de su leyenda, daba la impresión de que el viejo Robert Zimmerman había
desaparecido durante la mayor parte de la década de los 90.
Sus discos en directo y sus colecciones de
canciones folk tradicionales de esos años, que le reportaron diversos premios y
el mantenimiento de su reputación crítica, no tuvieron una repercusión digna,
ni tampoco consiguieron el impacto que se les podría suponer.
Al
igual que le sucede a alguna otra gente en su mediana edad, tuvo que ser una
fugaz visión de la muerte lo que hizo que Bob Dylan recobrara el entusiasmo por
la vida. Tras una muy seria enfermedad del corazón en 1997, nos reencontramos
con un Dylan rejuvenecido que se abrazó a la vida en la carretera, de forma más
o menos permanente, en la gira titulada muy apropiadamente Neverending Tour
–La gira interminable-.
Primero
llegó Time Out Of Mind, en el 97, su disco más logrado desde Oh
Mercy en el 89, ambos con la producción pantanosa de Daniel Lanois. El
segundo aviso vino con “Things Have Changed”, la canción de ritmo optimista
que le supuso un Oscar, al tiempo que devolvió una cierta credibilidad a esta
categoría dentro de las estatuillas de Hollywood, al escoger la mejor canción
de entre las nominadas en muchos años. Ya en su título, “Las cosas han
cambiado” –el reverso de su declaración de los 60 “The Times They Are A-Changin’”
(“Los tiempos están cambiando”)-, adelantaba que nos encontrábamos ante un
Dylan distinto. ¡Y vaya si lo era!
Ese
cambio no había sido nunca tan evidente como en Love And Theft, su disco
número 43 en casi el mismo número de años. “Me siento como un gallo de
pelea, me siento mejor de lo que nunca me he sentido,” proclama con chulería,
y no habla por hablar. Por fin, en las doce canciones de Love And Theft,
el Dylan de 60 años destripa la esencia de su música, consiguiendo el que es,
probablemente, su disco más festivo y disfrutable hasta la fecha.
Gran
parte de su atractivo se deriva del hecho de que Dylan, ahora sí, ha dejado de
intentarlo arduamente. Ahora que ya es lo suficientemente mayor como para
solicitar los descuentos de la tercera edad, parece haberse decidido por dejar
de preocuparse por impresionar a sus seguidores y, simplemente, hace lo que le
sale de las narices. Y lo que le gusta estos días es bajarse de su pedestal y
tocar con su banda de directo, con la que lleva ya unos 700 conciertos, algo que
se vuelve evidente en su perfecta conjunción.
Estas
canciones, que parece ser fueron grabadas en menos de dos semanas con una
producción casi inexistente del propio Dylan bajo el seudónimo de Jack Frost,
muestran un ambiente relajado, de directo, de músicos totalmente libres y
sueltos. Eso, sin mencionar su vertiente histórica: del rockabilly a las
baladas del tin pan alley, del country al swing, del ragtime
al blues de Chicago, sus doce cortes se convierten en un viaje histórico
por las raíces de la música americana del siglo XX.
Además,
parece como si Dylan se hubiera propuesto convertirse en un cómico de los que
recitan sus monólogos ante una audiencia atenta, aunque en su caso sean
cantados. Su nueva imagen lo muestra con una perilla y un bigote que incitan a
la sonrisa, mientras que su entonación parece más la de un imitador que la del
propio Dylan. Ahí tenemos al tío excéntrico habitual en todas las reuniones
familiares, el que cuenta historias extrañas y chistes malos, el que da
consejos ridículos pero que se lo pasa en grande.
¿A
qué vienen, a estas alturas, estas salidas de tono? Tal vez “Sugar Baby”,
el último corte, tenga la respuesta: “Cada momento de la existencia parece
una mala faena.” Así que, para decirlo de otra manera, la vida es simplemente
una gran broma de Dios. Por lo tanto, lo mejor que se puede hacer es echarse
unas risas, porque sino se acabará desquiciado.
Y
no es que Dylan haya perdido su visión habitual: “Tweedle Dee & Tweedle
Dum”, que parece una alegoría sobre las elecciones en su país, “High Water”
o “Floater” demuestran que su don para el comentario social sigue tan vivo
como siempre. Aunque, para nosotros, son algunos de los versos de
“Mississippi” los que resumen este disco: “Quédate conmigo. Las cosas
empiezan a ponerse interesantes justo ahora mismo.” Lo bueno, parece ser, no
ha hecho más que empezar.