Tras la reedición de su primer disco, aquí está ya el nuevo álbum de La Casa Azul, La revolución sexual. En él Guille Milkyway sigue moviéndose en los mismos parámetros que han hecho de La Casa Azul un grupo venerado y con un culto especial: melodías pop, estribillos pegadizos y tarareables y textos que hablan de malos momentos en la vida de su compositor. Esta semana se presentan en A Coruña y Vigo.
Después
de interpretar a la protagonista ciega de, tal vez, la película más aclamada y
polémica del 2000, Bailar en la oscuridad, y después de cantar en
directo enfundada en un traje-cisne una de sus canciones –“I’ve Seen It
All”- en la ceremonia de los Oscar, Björk Gudmundsdóttir se retiró a su
casa.
Cerró
la puerta delantera, echó las cortinas sobre las ventanas congeladas, se preparó
un chocolate caliente y se cubrió con su edredón de terciopelo. Ya no se podía
llegar mucho más lejos, y quería sentir algo muy familiar. Objetos caseros,
ruidos suaves como las pisadas de un gato o una estufa caliente, el sonido
reconocible de su propio espacio. Desenfundó su ordenador de bolsillo, dio de
comer a su perro islandés y empezó a trabajar artesanalmente en su quinto
disco.
La
treintena de una mujer se considera su edad dorada. Todavía se es lo
suficientemente joven como para considerarse activa, atractiva y precozmente
creativa, pero también se es lo suficientemente mayor como para ser juiciosa,
independiente y provocativamente segura. Los discos en solitario de Björk de la
última década han ido acogiendo progresivamente la necesidad de soledad y
calma.
En
su debut en solitario de los 90, Debut, ya atrapa un tema eterno en su
alma y nos lo escupe de frente: “¿Has estado alguna vez cerca de un ser
humano?... Definitivamente, no tiene lógica.” En su tercer disco, Homogenic,
todavía muestra su inquietud por toda la especie: “He recorrido el mundo y
visto a la gente. Soy sincera cuando digo que me gustan. Quiero marcharme a la
cima de una montaña con un emisor y buenas baterías... y liberar a la raza
humana del sufrimiento.” Después llegó Dancer In The Dark, para la
que escribió las tristes y fantásticas canciones de su personaje trágico,
Selma, la mujer que nació pobre, perdió la vista rápidamente y a la que el
destino condujo a ser condenada a muerte. Suficiente como para dejar a
cualquiera sin resuello.
Siempre
se tiene la sensación de que Björk se fuerza a exteriorizar sus sentimientos,
resistiendo la propensión a contenerse dentro de su brillante poesía, expresándose
con una música que cree, verdadera e inocentemente, puede salvar a este mundo
bestial. Ése es el delicioso encanto de Björk. Por fin, con su última grabación,
Vespertine, suena a un nivel de resolución que ha perseguido durante
tanto tiempo.
Vespertine
puede
significar bastantes cosas: algo que ocurre por la tarde, una flor que se abre,
el momento del día que precede a la puesta del sol, dejarse llevar por el
atardecer... Según la propia compositora, “quería explorar lo que se siente
dentro, ese éxtasis, ese estado eufórico que sucede cuando silbas.”
Esta
vez no se trata de un álbum para los clubes internacionales de más renombre.
En Debut, la instrumentación y los textos estaban supeditados a un
latido rítmico subyacente en todo el disco. Después de tomar la primera decisión
madurada de su trayectoria –separarse de los Sugarcubes para crear un mundo en
el que moverse por sí sola-, muestra, en aquel disco, el baile de su primer
amor, reconociendo sentirse “violentamente feliz porque no estás aquí.”
En
Post se ríe de la civilización para sentirse mejor, al tiempo que
propone su propia teoría de la evolución: “Todas las cosas modernas, como
los coches y otras tantas, siempre han existido, simplemente estaban
esperando... mientras escuchaban los ruidos irritantes de los dinosaurios y de
la gente.”
En
Homogenic la extroversión de sus exploraciones sociales y de sus
inquietudes medioambientales se vuelve más clara que nunca: desde la cadencia
militar de “Hunter” al estado de emergencia de “Joga”, mientras que en
“Bachelorette” reconoce ser “una fuente de sangre, mi amor, en la forma de
una mujer.”
En
los últimos tiempos, mientras pasaba sus manos por encima de las estanterías,
al tiempo que se acurrucaba bajo la mesa camilla, justo cuando acariciaba el
espejo de su habitación o en el momento en que se reencontraba con la esencia
de su propio perfume, Björk fue descubriendo Vespertine en su hogar. Y
los sonidos que han ayudado a que su forma de expresarse suene como la más
natural de todas las que ha adoptado hasta ahora estaban allí: el queso gratinándose,
las velas consumiéndose en la noche, las cartas que se barajan, el café haciéndose
lentamente... No hay sitio ya para “caminar sobre montañas” o “marcharse
a una isla”.
En
Vespertine relaja todos sus miembros y se siente madre: “si te estás
rompiendo por dentro, ábrete“. Deja fluir todo lo que sabes y contempla lo
que sale de ahí. Björk ha encontrado su sitio, aún algo desvergonzado:
“Esta vez me lo voy a guardar todo para mí”. Pero no lo hace, no puede:
“Le quiero, le quiero, le quiero, le quiero.”