Benjamin Biolay: cómo consiguió llegar a Trash Yéyé (su vida interior)
Con motivo de la edición del nuevo disco de Benjamin Biolay, Trash Yéyé, hablamos con él, dejándole que, al principio, nos descubriese sin interrupciones cómo fue la grabación de este álbum, una 'especie de viaje introspectivo'.
En este Estado las modas marcan pauta. Digámoslo despacio y con cuidado,
para que se nos entienda. Benicassim es ya una marca con denominación de origen
y, en determinados ambientes, se vende muy bien. De ahí que mucha gente quiera
estar allí, aunque luego, salvo contadísimas excepciones, las cifras de venta
de los grupos independientes no superen las 5000 copias.
Así que 30000
asistentes a un festival de música independiente significa que hay una buena
parte –los fieles desde su inicio- de público entendido, exigente, respetuoso
y que profesa una admiración rendida por buena parte del cartel. Otros extraen
de su sana curiosidad jugosos descubrimientos. Y una tercera parte, tal vez la
que ayuda decisivamente a equilibrar el presupuesto, sigue la corriente y vive más
lo que tiene de celebración juvenil que la música en sí.
Para todos hay
sitio, aunque el Festival debería fijarse un límite en el tope alcanzado este
año. En esta edición los espacios se han quedado pequeños, así que se impone
una redistribución. Para mantener la filosofía original –si, la misma que
impulsa a sus responsables a rechazar con acierto a la advenediza Cadena 40- y
el criterio coherente del cartel, la razón principal de su éxito, no se
necesita crecer más. No cabe otro reproche, ya que el resultado, a pesar de lo
que podría parecer, se traduce en una organización casi impecable y en un
balance artístico excelente.
Unos cuantos nombres
quedan ya para siempre en el recuerdo. Belle & Sebastian eran la cuenta
pendiente y se saldó con matrícula. De antemano parecía imposible: un grupo
que elude este tipo de acontecimientos –estuvieron en el segundo escenario por
petición propia- y que luce un repertorio de pop-folk intimista, sutil y melancólico,
no son el reclamo ideal para un festival al aire libre. Se presentaron sin dar
crédito a lo que veían enfrente y decidieron mostrarse accesibles y participar
del ambiente receptivo.
Mogwai también están
ya en el subconsciente colectivo, aunque empleando armas bien distintas. Lo suyo
fue una actuación brutal –cuatro canciones en cuarenta minutos-, de cuatro
tipos fríos y abrasivos, una marea sónica que convirtió el ruido en una
experiencia trascendente, tanto que al acabar nadie se sentía con fuerza para
aplaudir. Apabullantes. Y eso que cinco horas antes los franceses Experience habían
provocado algo parecido con planteamientos similares.
P J Harvey también
toco el cielo de la luna llena. En el 99 se quedó a un paso, pero este año
salió decidida a arrasar y lo consiguió. Su actuación, aún con menos
electricidad de lo que en ella era habitual en otros tiempos, se tornó tensa,
enérgica y pasional. El momento para el recuerdo del 2001 se lo adjudicó
cuando se enfrentó sola, guitarra en mano, a una lectura más intensa aún, si
cabe, de su penetrante “Rid Of Me”.
James demostraron la
razón por la que son uno de los escasos supervivientes a 20 años de desmadrado
pop británico, espoleados por la veteranía -con un Tim Booth entregado y
espasmódico-, clase y repertorio. Flaming Lips no dejaron indiferente a nadie,
con sus sinfonías lisérgicas y sus excéntricos refuerzos visuales. También
sus colegas Mercury Rev consiguieron hacer levitar a la audiencia, especialmente
en su estallido psicodélico final.
Otros evidenciaron
lo que ya sabíamos: que Ash siempre funcionan con su pop-punk enérgico y
directo; que Big Star –o Alex Chilton más los Posies- suenan a clásicos sin
desmelenarse; que Goldfrapp masajean la mente con sus atmósferas preciosistas;
o que el combinado de funk y soul de Stereo Mc’s se engrasa mejor en vivo.
Pulp pudieron estar
a la altura de todos ellos, y a Jarvis Cocker le sobró glamour, emotividad y
capacidad teatral –en un punto medio entre Raphaely Scott Walker, su nuevo productor-, pero su concierto tomó la senda que
no debía: de más a menos. Y Manic Street Preachers demostraron que su rock de
estadio –con la provocación añadida de unos acordes de Guns’N’Roses- es
de lo más solvente, pero le falta alma, justo lo que más odiaban cuando
empezaron.
En la carpa de
baile, Fatboy Slim extrajo cazalla para las multitudes de sus platos, The
Freestylers invitaron al baile desbocado, Basement Jaxx ofrecieron el mejor
espectáculo con la mayor cantidad de ritmos variados y The Avalanches dieron el
recital más imprevisible e incorrecto basándose en guitarrazos punk.
Por si no nos hubiéramos
enterado, Chucho, con la irresistible personalidad de Fernando Alfaro, Nacho
Vegas y La Habitación Roja supieron recordarnos que aquí también hay vida
después de la invasión foránea, aunque siempre se les reserve un puesto de
segundones de lujo en el cartel de uno de los mejores festivales
internacionales.