Footprints In The Snow

V.V. A.A. – Footprints In The Snow (Castle)

 

La culpa de todo la tuvo Bob Dylan, como bien explican las documentadas notas que acompañan este disco. Es cierto que siempre hubo cantautores, al menos si por eso entendemos tipos con guitarras, preferiblemente acústicas, que cantan sus canciones. Pero fue Dylan el que dio a entender a las compañías que se podía sacar dinero del asunto, así que durante una buena temporada (casi) cualquiera que se colgara una guitarra y compusiera sus canciones podía ganarse un contrato discográfico. Si además daba bien en las fotos y lucía pose sensible/interesante, miel sobre hojuelas.

 

Lo que este doble CD espléndidamente documenta es la parte británica del fenómeno entre 1965 y 1974, y lo que prueba es que en el saco cabía de todo: émulos de Dylan como el primer Donovan; folkies irredentos que seguían una tradición autóctona guiada por trovadores como Ewan MacColl (Alex Campbell, Owen Hand); renovadores de esa tradición como el gran Bert Jansch o el infravalorado Ralph McTell; jovenzuelos que se apuntaban a lo que privaba en cada momento, ya fuera r’n’r primitivo, los Shadows, el r’n’b, beat y todo lo que hubiera en medio, como el futuro Moody Blue Justin Hayward o Marc Bolan; autores de un solo disco de culto tal que el mentalmente desequilibrado Jackson C Frank o el talentoso Billy Nichols, del que se presenta una excelente demo no incluida en su fantástico “Would you believe”; artistas en ruta hacia un posterior éxito como un quinceañero Mike Oldfield acompañando a su hermana Sally en The Sallyangie, o el Allan Hull pre Lindisfarne o Gerry Rafferty.

 

Siguiendo un orden cronológico, en el primer CD predomina el tono folkie adobado con esencias del pop de la época, mientras el segundo, según se adentra en los 70, deja ver influencias de CSN o James Taylor. Obviamente faltan muchos grandes nombres (no hay nadie de la saga Fairport, ni John Martyn o Nick Drake) pero  el atractivo de este tipo de recopilaciones es otro, los descubrimientos: artistas que el tiempo caprichosamente olvidó (nombres como Keith Christmas, Andy Roberts, Mick Softley…), canciones raras de otros más conocidos (ese espléndido tercer single de Dave “Kinks” Davies), o simplemente un tremendo solo de guitarra, otro más, del enorme Richard Thompson camuflado en una más bien anodina canción de un tal Marc Ellington. Cuarenta y cuatro canciones dan para mucho.   

 

Carlos Rego

 

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