FESTIVAL INTERNACIONAL DE BENICASSIM 2003

Festival Internacional de Benicassim: El color del éxito

Beth Orton y Blur (Fotos: Xavier Valiño)

         Parece mentira, pero fue así. En el Festival que siempre ha sido el reducto de la música independiente hecha por blancos para gente de su misma raza, acabó triunfando un blanco que roba de la música de color. Y, además, el segundo artista más recordado es ya alguien que, aunque salta de un estilo a otro sin complejos, cuando engancha más es cuando saca a relucir su vena Prince. 

         Moby venía a presentar dos discos de éxito, aunque complicados a priori para su puesta en escena, y acabó erigiéndose en el rey absoluto de la novena edición del Festival Internacional de Benicassim. Su saqueo a los primeros discos del blues y el soul del siglo pasado, reciclado a través de una oportuna humareda electrónica, contó con una portentosa voz de color que le puso alma para siempre a un festival que nunca tuvo a las raíces del rock como distintivo. 

         Beck, por su parte, quiso demostrar que puede con todo lo que le echen y casi todo le sale bien, incluyendo su popurrí de T.A.T.U., Beyoncé, Nelly y Justin Timberlake. La dispersión es, a la vez, su mayor virtud y defecto, donde demuestra su ingenio y su erratismo. En sus recitales y sus discos deja claro lo inteligente que es adaptando el pasado para marcar el ritmo del futuro. En directo, al menos esta vez, lo que consiguió es dejar un sabor agridulce al abrazar tantos estilos diferentes. Tal vez sobrase su interludio folk -que por sí sólo sí podría justificar otra actuación completamente distinta y válida- y, de esa forma, redondear un directo apabullante que, por lo de ahora, se queda en efectista. 

         A su lado Echo & The Bunnymen demostraron que la veteranía es una garantía, emparejando “Nothing Last Forever” con el “Walk On The Wild Side” de Lou Reed y reivindicando un lugar para los clásicos que todavía tienen mucho que decir. Beth Orton consiguió lo que parecía imposible: mejorar en directo sus estupendas canciones a base de celofán para su sonido acústico. Y Beth Gibbons logró con sus frágiles canciones silenciar a miles de personas con un espectáculo único y arriesgado, uno de esos lujos que el Festival se permite y que siempre debería conservar -e, incluso, potenciar-. 

         Esto fue lo que dieron de positivo los artistas que estaban colocados como cabezas de cartel. Por el contrario, Suede, repitiendo la actuación del año anterior, y a pesar de contar con una batería de éxitos inapelables, se han convertido en una caricatura de sí mismos, algo que es sólo achacable a la actitud de su cantante Brett Anderson, que logra acabar con todo el romanticismo de sus canciones. Mientras, Placebo y The Jeevas convencían ofreciendo dos actuaciones festivaleras, aunque en el caso de los primeros sus canciones pierden enteros con cada disco que publican y los segundos nunca serán estandarte de la originalidad. Blur consiguió, a la tercera, el mejor de sus conciertos en la costa de Levante, pero todos eran conscientes de que podía haber sido mucho mejor. 

         Entre el resto de los artistas se pueden destacar varios nombres: Tahiti 80, sustentando Wallpaper For The Soul en un delicado colchón pop; Groove Armada y Moloko dando a la gente cancha para el baile, justo lo que querían; The Raveonettes, poniendo un poco de vitriolo y guitarras saturadas a un festival eminentemente pop; 2 Many DJ’s, echándole mucho morro y otro tanto de cazalla; Calexico, paseando su sonido fronterizo por la edición más calurosa y asfixiante calor del FIB; The Delgados, con un sonido tan personal como especial; Badly Drawn Boy, dando un formidable concierto acústico -que abrió con el “I Want You Back” de los Jackson 5- a pelo con su guitarra y piano; Death In Vegas, aportando carnalidad y empuje con su intensa psicodelia; o los gallegos Deluxe, en la más contagiosa de las actuaciones de un grupo estatal. 

         Lo más curioso de esta novena edición es que parece haber invertido el resultado de la anterior. Si en el 2002 el cartel era casi insuperable, este año, a pesar de los cuatro millones de euros de presupuesto, no consiguió estar a la altura. Además de que una parte de los artistas más deseados no estaban de gira, probablemente la organización se ha reservado una parte de esos grandes nombres para el próximo año, el del décimo aniversario: se habla de REM, David Bowie, Björk, Coldplay, Pixies, Stone Roses, Morrissey o New Order para un evento de cuatro días. 

         Sin embargo, la organización ha mejorado bastante. Si el año pasado criticábamos la masificación, el problema de los accesos, los servicios dentro del recinto, la distribución y escasez de los espacios dedicados a la zona de conciertos y la zona de acampada, este año gran parte de estos problemas han quedado solucionados. 

        El éxito de participación fue, de nuevo, total, con muy pocos abonos sin vender y más de 30.000 personas asistiendo a cada una de las jornadas -una cuarta parte del extranjero, en especial, franceses, alemanes y británicos-, cumpliéndose, también, lo asegurado el año pasado de que no se iba a aumentar el aforo. Al ampliar el área del festival y recolocar parte de los escenarios, se ha ganado mucho en comodidad. También se ha mejorado algo las zonas de acampada, aunque siguen sin estar a la altura del resto de infraestructuras del festival. 

        Conscientes de todo esto, la organización ha avanzado que se trabajará en la línea de conseguir un cartel digno del décimo aniversario y en mejorar aún más todos los servicios, en especial la zona de acampada. La base de público fiel está ya consolidada y la marca del Festival también; ahora sólo falta hacerlo más atractivo, manteniendo la línea de independencia que permanece casi intacta desde sus inicios.

 

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