EDITORIAL 3

EDITORIAL 3

vinilo 5

Afrontémoslo: a este país la música pop le importa un pimiento. Mientras que en el Reino Unido y Estados Unidos forma parte de la vida cultural (y emocional), que para eso la inventaron ellos, aquí tan sólo afecta a un mercado caprichoso. El aficionado a la música es un bicho raro. Gente en cuya educación nombres como Dylan, Bowie, Sex Pistols, Soft Cell, Pixies o Nirvana tengan la misma importancia que Verne, Cortázar o Carver, Ford, Wenders, Spielberg o Tarantino.

Da la impresión de que escuchar pop es una etapa más. Una excusa para salir de fiesta o algo de lo que renegar cuando uno crece: el pop no nos acompaña a lo largo de nuestra vida. En general prima la indiferencia por una forma artística que, aunque joven (sólo 50 años frente a los siglos de historia de otras artes), surge en una época en la que la tecnología y los medios propician un influjo poderoso.

Eso explica que haya que ir recordando siempre quién era éste o el otro; que las revistas musicales vendan poco; que los programas musicales apenas existan en televisión. Da igual Tequila que Jaume Sisa, Miguel Ríos que Derribos Arias, Lions In Love que Family: si no has vendido mucho no existes, y si sí, casi tampoco. Eso explica que haya tanta recopilación de singles exitosos y canciones señeras, y tan poca recopilación exhaustiva, la ausencia de cofres y antologías que describan artistas y movimientos que merecen mucho más crédito del que cuentan actualmente.

Mientras que en Argentina hay memoria histórica, en España sólo cuentas si vendes por millones. Se llega a olvidar que la historia de la música pop está escrita también por geniales perdedores y personajes que fueron entendidos a posteriori. Da grima pensar la cantidad de canciones, ideas y energía que ha corrido por aquí y que parece no interesar más allá de los círculos de entendidos. Siento ser tan negativo, pero aquí el pop —salvo las citadas excepciones— no es más que música de consumo. Todo lo demás —incluido escribir, analizar y teorizar sobre el fenómeno— no son más que palabras que, salvo para una minoría, se las lleva el viento.

 

(Rafa Cervera)

Texto que Ultrasónica suscribe plenamente

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