DOCTOR MUSIC FESTIVAL

Doctor Music Festival: en el camino de la madurez europea

 

Era tan evidente que no cabe pensar como a alguien no se le había ocurrido antes. Había sus precedentes: numerosos en el extranjero y algunos estatales -el Espárrago Rock granadino, el Festimad madrileño, el Festival Internacional de Benicassim o el Pop Festival de Badalona-, pero ninguno con la ambición de este Doctor Music Festival. El resultado no podía ser otro que un rotundo éxito, con aspectos mejorables, aunque para esa reválida habrá una próxima edición en la que comenzar a cubrir también el déficit acumulado, algo que ya se había previsto con anterioridad.

 

El modelo muy bien podrían ser los acontecimientos anuales de Reading y Glastonbury en las Islas Británicas. Las condiciones, más que idóneas: una climatología favorable, un paisaje envidiable o la falta de conciertos de este tipo, que hacían prever una demanda importante. La elección, afortunada: un hermoso verde valle pirenaico rodeado de montañas, unas fechas que siguen al San Fermín pamplonica y un punto equidistante de Barcelona y el País Vasco, y cerca de la frontera francesa. Y los criterios de selección, exquisitos: estrellas musicales de primera fila, junto a grupos alternativos y nuevos talentos emergentes, siempre atendiendo a presupuestos estrictamente artísticos y no comerciales.

 

Las dimensiones podrían asustar, pero muy probablemente no se podría hacer de otra manera: más de cien hectáreas, cerca de cien horas de música en directo y más de 75 actuaciones, a las que habría que sumar varias representaciones teatrales y circenses. Todo dentro unos límites aceptables de asistencia, de forma que cualquiera de los conciertos se pudiera seguir desde la primera fila o descansando en la hierba al final de los escenarios.

 

         ¿Qué fue lo que realmente sucedió en el valle de Escalarre? La opinión más extendida entre los asistentes, una vez pasada la resaca de tanta música en directo, recogía lo afortunado de la organización y la excelente selección de los artistas. En cuanto a lo estrictamente musical, cada uno parecía haber asistido a un Festival distinto, con muy diversas actuaciones destacadas, lo que de nuevo vuelve a reafirmar que en la variedad estuvo el mayor acierto.

 


 

Comencemos por las vacas sagradas -que de las otras había cuatro: dos de plástico, para eso de las fotografías, una que quemaron Els Comediants y otra de verdad-. Ninguno de los grandes defraudó y, a juicio de muchos, fueron los triunfadores del Festival. Lou Reed puso la mayor intensidad y sobriedad. Pura gloria eléctrica la de los cuatro músicos-máquinas vestidos de riguroso negro que cubrían todo el escenario: su bajista Fernando Saunders es un lujo que casi arranca las lágrimas. Un irreconocible, por simpático, Lou Reed presentó a sus compinches y cantó hasta en falsete en una versión increíble del “I Love You Suzanne”. Si hasta “Set The Twilight Reeling”, su último disco, sirve para algo más que para ser escuchado en casa con detenimiento. O sea: toda una lección para los advenedizos de lo que es el puro rock.

 

Iggy Pop fue el monstruo que arrasó la pradera. Incombustible, con el torso al descubierto, como siempre, mostró más energía que todos los tenía enfrente, que no daban crédito a sus ojos y no podían seguir su marcha. Consiguió mover al más escéptico. Se fueron todos sus músicos y él aún seguía arrastrándose por las tablas. No se puede pensar en mejor artista para un Festival. Puro rock de contagio inmediato.

 

A Patti Smith le costó más ese contacto con el público. Lo suyo fue bastante intimista y sensible, pero igualmente intenso. Presentó a su hijo de trece años, quien hizo una versión infantil de “Smoke On The Water” y ella siguió con canciones de Bob Dylan o Prince. Al final consiguió comunicar con “Beacuse The Night”, “Horses” y “Gloria”. Michael Stipe, líder de R.E.M., tuvo pluriempleo con su amiga: hizo de conductor hasta el valle, bajista en las dos canciones finales y de masajista para intentar recuperarla de lo extenuada que había acabado.

 

David Bowie queda siempre muy bien con la crítica. Hace lo que ellos le piden, o sea, recrear clásicos como “Heroes”, “Aladdin Sane” o “Scary Monsters” y, además, se acerca a los ritmos más de moda –jungle- y a los sonidos experimentales. Sólo sus fieles le respaldan, mientras los demás asisten asombrados a sus conciertos. División de opiniones, salvo en la unanimidad en cuanto a su estética y la de sus acompañantes: lo más horroroso que se vio.

 

Las nuevas bandas británicas fueron otro apartado importante en el programa. Black Grape ofrecieron un concierto interruptus. A pesar de la actitud pasiva de Shaun Ryder -¿de verdad estuvo allí?-, su concierto estaba siendo el más rabioso y excitante del Festival cuando, a los escasos 30 minutos, anuncian que se van a ver a Iggy Pop. Para la próxima que le blinden el contrato y tal vez así se motive. Suede, dieron una actuación tan melodramática como se podía esperar. Brett Anderson es un animal del escenario y canta tan bien como actúa -aprendió bien de su idolatrado Bowie-. Con nueva formación, presentaron casi todo su tercer disco, aún sin editar. Sólo una pega: deberían conocer lo que es la progresión y no comenzar con éxitos del pasado y acabar con baladas aún inéditas.

 

Gene tienen en Martin Rossiter a otro fiera de la escena, pero su nada disimulada influencia de Morrissey le resta credibilidad. Suerte que sus tres colegas ponen fuerza eléctrica donde en disco hay emociones reprimidas. Echobelly, con la arrolladora presencia de Sonya Aurora Madan, acaben por vencer todas las reticencias que presentan dos discos con pocas canciones para el recuerdo. En directo son tan efectivos como una cerveza. Con Blur llegó la paradoja: ahora que son un fenómeno de masas, prefieren su parte menos cómoda para el directo. Al final, los singles y el delirio. Tal vez nadie se acuerde Ray Davies y los Kinks, su evidente modelo. A estas alturas da igual: con la voluntad Damon Albarn se hace miles de kilómetros saltando y consigue que no nos olvidemos que también tienen grandes canciones.

 

Lo más destacado de todos los grupos estatales vino por parte de Nación Reixa, con un discurso litúrgico de diez minutos sin parar por parte del gran Antón, que empezó como un chiste y acabó en ovación. El inquilino comunista no acabó de encontrar su lugar entre las proporciones desmesuradas de tal evento y Chucho demostraron por qué de casta le viene al galgo: eso sí que es progresión. The Killer Barbies, a pesar de lo limitado de su propuesta cazurra, encandilaron a una audiencia ávida de guitarrazos fáciles. Aunque el verdadero triunfador fue, una vez más, el escurridizo genio de Albert Plá, con un concierto-espectáculo completo, con una banda entera y en una carpa, la acústica, en la que no cabía ni un alfiler.

 

Las más gratas sorpresas del Festival vinieron por parte de los ritmos de baile y la carpa dance. Allí se presentaron Morcheeba, en un alucinado y efervescente concierto para el recuerdo, gracias a ciertas sustancias, que superó con mucho lo limitado del repertorio de su primer disco. Algo similar ocurrió al día siguiente con Moloko, que daban el tercer concierto de su corta vida y lograron igualar, cuando menos, el nivel de su primer álbum. Moby olvidó el techno que lo ha hecho famoso y optó por un concierto punk, mientras Neneh Cherry cambió el hip-hop por el rock -con versiones de King Crimson y Jimi Hendrix incluidas- aunque con mucho encanto y una voz que emociona. Los Fun Lovin’ Criminals sorprendieron con su soul blanco y una arrogancia envidiable, alejándose de esa imagen equivocada de gansters y rappers que uno podía tener, convirtiéndose en el descubrimiento del viernes.

 

Underworld, a pesar de la hora, las cuatro de la mañana, y los bostezos previos del cantante, ofrecieron una hora de ritmo sin pausas para acabar con su excelente “Born Slippy” y confirmarse como la revelación del Festival. Por su parte, Massive Attack, fueron el broche de lujo, consiguiendo lo imposible: trasladar a un escenario sus dos discos –de lo mejor de lo que llevamos de década-, sin perder nada de su elegancia. Tanta que se atrevieron a enfrentar a cuatro vocalistas a… ¡un instrumental! Su “Unfinished Sympathy” puso la piel de gallina y cerró la aventura de los Pirineos.

 


 

En los sonidos más duros, se demostró lo estancado del género, sobre todo en el montón de grupos catalanes que, sin imaginación, se limitan a copiar a Rage Against The Machine o a los Red Hot Chili Peppers. Sepultura fueron, sencillamente, atronadores, aunque el bajo nivel del sonido no les acompañó. Y Bad Religion dieron la nota subiendo al escenario a un fan que no dejó de llamar “vendido, gordo y calvo” a su cantante, acabando todo en una bronca descomunal. Otra decepción vino con la ausencia de ritmos étnicos, para lo que sólo se contó con la malinesa Oumou Sangare, en la actuación de más colorido, percusión y de media de edad más elevada entre el público.

 

La polémica, y el hecho más resaltado por los medios de comunicación, llegó por parte de las organizaciones ecologistas, con las que se había contado desde el principio. Algunas de sus críticas -el uso de recipientes no reciclables y los abusos en el río circundante- son perfectamente asumibles y subsanables para la próxima edición, pero no deberían empañar el resultado final. Puede y debe ser posible un mayor control y, de esa forma, volver a contar con su necesario apoyo.

 

Las recomendaciones finales, tal y como piden los responsables del Festival, han de pasar por un minucioso cuidado del valle, de forma que renazca la hierba y se evite que el polvo se convierta en protagonista indeseado, y por las imprescindibles pantallas de video, a fin de que los más rezagados no se pierdan detalle de lo que sucede a unos metros de ellos. Intuimos que, dentro de las posibilidades, la selección no defraudará, pero se pueden apuntar nombres que ayuden a configurar el cartel, respetando de nuevo la máxima de la variedad: Matthew Sweet, The Chemical Brothers, Neil Young, Nicolette, Lokua Kanza…

Xavier Valiño

 

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