CRACKER LIVE

Cracker en concierto

 

 

Si llevas en esto muchos años, y no tienes un discurso único -como Nick Cave o Tom Waits, por poner dos ejemplos- ni ambicionas nunca experimentar con tu propio sonido -caso de Wilco-, por lo menos has de intentar llevarlo con la mayor dignidad posible. Cracker lo saben, y por eso simplemente hacen lo que mejor pueden hacer: componer canciones dignas y defender su repertorio en directo con la misma integridad. Que algún día les sonría el éxito ya no depende de ellos y, nos tememos, a estas alturas les importa un rábano.

 

Por eso se plantean sus conciertos, especialmente esta última gira, como una vuelta a lo más simple: dos guitarras, a cargo de los líderes y únicos componentes desde el principio de su carrera, hace ahora casi 20 años -David Lowery y Johnny Hickman-, bajo y batería. Sin más florituras, que en eso del rock americano de raíces, le llamen country alternativo o americana, en su caso con un amplio recorrido que va del pop al punk, no se precisa mucho más.

 

Hace cuatro años se acercaron por primera vez hasta Galicia, como ellos mismos recordaron. Tenían otra formación y, vistos los resultados, otra intención. Había más matices, había más teclados -en esta ocasión sólo presentes en unas cuatro canciones a cargo de la teclista de la banda telonera, Euro-Trash Girl-, había menos presencia de unas guitarras electrificadas, había más necesidad de mostrar que Cracker no se mueven en una única dirección, aunque no sean precisamente los adalides de la ruptura sonora.

 

Una vez hecha su presentación por estas tierras, cinco años después no precisaban repetirlo. No; esta vez venían a presentar un disco titulado Sunrise In The Land Of Milk And Honey (Amanecer en la tierra de la leche y la miel) en el que se muestran mucho más irritados, una colección de instantáneas como fotografías de la situación actual, de “precariedad moral y desenfreno de unos pocos frente a las cada vez más duras condiciones de vida de la mayoría”, según sus propias palabras.

 

 

 

Se les esperaba más punk, pero tampoco fue así. Un hierático David Lowery, que no cambió de expresión facial en toda la noche, marcaba el ritmo de un repertorio sin setlist -no hace falta: lo podrían hacer con los ojos cerrados- y con el que no dejaba de mirar al público como retándolo. Él fue lo más punk con su actitud, aunque se le notaba que ocho fechas por la geografía española -ésta era la última- habían dejado su huella en forma de cansancio. Por su parte, Johnny Hickman se mostró como el mago de la guitarra, cercano y próximo, haciendo gestos y queriendo indicar que de verdad lo estaba disfrutando.

 

Repasaron casi íntegramente su primer disco, hicieron una versión del “The Man In Me” de Dylan y recordaron su nuevo álbum, aunque salvo “Hey Bret (You Know What Time It Is?)”, lo más explosivo de la noche, sus nuevas canciones no tuvieron la misma repercusión que sus clásicos, si es que se les puede llamar así: “Euro-Trash Girl” (sí, la que da nombre a sus teloneros), “I See The Light”, “Golden Age”, “Cracker Soul”, “Low” y un rotundo “Teen Angst” por el que no parece pasar el tiempo y que se reveló como la conexión perfecta con su último álbum.

 

(Sala Capitol, Santiago de Compostela, 30 de enero. 250 espectadores. Promotor: Ernie)

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Xavier Valiño

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