CHIAPAS, MÉXICO

Chiapas, el orgullo campesino

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Por supuesto que están los zapatistas. Chiapas es su hogar. Tal vez por eso el Estado más hermoso e interesante de México es casi el único que recibe visitantes de la Península Ibérica, en especial vascos y catalanes. Ya se vaya por simpatía con su causa o por otra razón, Chiapas tiene mucho que ofrecer.

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Cualquier viaje por Chiapas debe tener como centro San Cristóbal de las Casas. La llegada en bus, el único medio posible, no prepara para el encanto del lugar. Después de la difícil e interminablemente subida por las montañas, hacia las nubes, se entra inesperadamente en el tranquilo y agradable valle de Jovel, en el que está situada San Cristóbal.  

El lugar, ya utilizado anteriormente por los indios, fue escogido por el misionero Bartolomé de las Casas como su base de operaciones -de ahí su nombre-. En sí, San Cristóbal no tiene lugares de especial interés, salvo el Templo de Santo Domingo, que sí merece una visita, especialmente a última hora de la tarde, cuando la luz choca frontalmente contra su fachada rosada. El atractivo de la ciudad está más en el hecho de ser una de las ciudades coloniales más hermosas de México y, también, el lugar de reunión y mercadeo de los indios que habitan en la selva Lacandona. 

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A dos horas en bus hacia el Oeste, y a 1600 metros de altura menos, está la capital del Estado, Tuxla Gutiérrez, una ciudad moderna y gris, que tiene, sin embargo, el mejor zoo de todo el país, dedicado exclusivamente a la muy diversa fauna de Chiapas.  

El gran atractivo de esta zona, a muy pocos kilómetros al Este de la capital, es el Cañón del Sumidero, una impresionante fisura en el terreno formada por el Río Grijalva. En 1981 se completó la presa de Chicoasén, con lo que el Cañón se convirtió en una reserva muy estrecha de 35 kilómetros de largo, que se puede recorrer en lancha para contemplar desde abajo sus gigantes paredes verticales, algunas de más de un kilómetro de altura. 

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A tres horas de San Cristóbal en dirección sudeste, cerca de la frontera con Guatemala, con la que Chiapas tiene mucho en común, está la encantadora región de los lagos de Montebello. Más abajo, en la costa del Pacífico, se encuentra Puerto Arista, una población con playas totalmente tranquilas, bastante diferente a los centros turísticos masificados del resto del país. 

En dirección Norte, a unas cuatro horas de San Cristóbal, se hallan las cataratas más espectaculares de México, Agua Azul, en las que las aguas blancas se vuelven de color turquesa en las piscinas naturales rodeadas por la selva. Los mejores meses para visitarlas son abril y mayo; el resto del año el barro mitiga su esplendor. Conviene tener presente, también, que el baño es peligroso, tal y como recuerdan las cruces en memoria de los que allí se ahogaron. 

Sesenta kilómetros más al Norte se llega a las ruinas de Palenque. Para hacerse una idea de su magnitud es suficiente saber que sólo unas docenas de los 500 edificios que se supone componían el complejo han sido descubiertos tras las pertinentes excavaciones. Todo lo que se construyó en este monumental complejo se hizo sin herramientas de metal, animales de carga o ruedas. 

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El mejor momento para la visita es a primera hora de la mañana, cuando se levanta la bruma y los edificios se ven envueltos en una neblina pintoresca. De todas formas, el gris que se descubre entonces poco tiene que ver con el rojo brillante que tuvieron en el momento de su mayor esplendor. Al contrario que otras ruinas mayas como las de Chichen-Itza o Uxmal, recorrer las ruinas de Palenque requiere una buena forma física: los caminos suben y bajan por empinadas colinas de tierra resbaladiza, que aún se convierten en más peligrosas por las sucesivas capas de hojas mojadas que se acumulan. 

Desde Palenque se puede cruzar a Flores y Tikal en la región guatemalteca de El Petén, para continuar con lo que muchos conocen como la Ruta Maya. También más al sur, unos 150 kilómetros, desde las ruinas de Bonampak y Yaxchilán, es posible cruzar a Guatemala. 

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Estas ruinas, mucho menos visitadas, recompensan al viajero con la sensación de que se están descubriendo por vez primera. A Bonampak, descubierto por los indios en 1946 a un objetor de conciencia norteamericano que había escapado de la Segunda Guerra Mundial, se llega tras una extenuante caminata por un camino enlodado de 12 kilómetros. La otra posibilidad, al alcance de muy pocos, es en avioneta privada. En este lugar lo más interesante son tres habitaciones con frescos en los que se pueden ver ceremonias y costumbres mayas muy antiguas. 

A Yaxchilán sólo se accede en lancha a motor por el río Usumacinta. De nuevo, la sensación de soledad es total. La mayor parte de lo que era una ciudad maya relevante, que ya existía en el año 800 AC, está aún por descubrir. Puede que algún día alcance más importancia que Palenque. Por ahora, basta con subir hasta la cima de la colina más alta y contemplar la vista desde el edificio 41: desde allí todo Chiapas se ve cubierto por el manto verde de la inacabable selva.

 

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