CAMPUS GALICIA ARTICULO BOSSA NOVA

CAMPUS GALICIA ARTICULO BOSSA NOVA

ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 2001


Bossa nova

La música popular

  

Astrud Gilberto y Antonio Carlos Jobim

Hace ahora poco más de 30 años se publicó Tropicalia, el punto de partida para la completa transformación de la música brasileña y su conquista del mundo. Palabras que antes eran sólo brasileñas ahora forman parte del vocabulario internacional: samba, bossa nova, lambada… La música brasileira es la Música del Mundo por excelencia, reconocida e influyente en todos los países, tal vez porque hunde sus raíces en etnias africanas, europeas e indias, con una infinita variedad de melodías y ritmos regionales.

          Hay una canción que, al igual un buen puñado más, resume a la perfección cómo la música brasileña ha conseguido hace ya mucho tiempo traspasar sus fronteras y permanecer a la vez fiel a sus raíces. Se trata de "Aquarela do Brasil", de Ary Barroso, la auténtica marca registrada del país en el ámbito mundial. En los años 40, traducida convenientemente al inglés, sirvió como presentación de Carmen Miranda en una de sus primeras películas en Hollywood, antes de su conquista definitiva,  y en los 80 le dio la idea para la película Brazil a su director Terry Gilliam, además de servir de punto de partida para su banda sonora.

          Todos la conocen como Música Popular Brasileira, habitualmente reducida a las siglas MPB, una música estrechamente relacionada con los ritmos africanos, los sones cubanos y el jazz norteamericano. Pero es la variedad de estilos de las diferentes regiones lo que hace posible la existencia de una cantidad infinita de artistas y sonidos.

 Rio de Janeiro tenía ya en el siglo XIX el choro y en el siguiente surgió el samba desde las favelas. Más tarde llegó la bossa nova desde los barrios de las clases medias que tenían vistas a las playas de Ipanema, Leblón o Copacabana.

 El diez de julio de 1958, en uno de los estudios de la ciudad, se grabó un disco de 78 revoluciones por minuto con el tema “Chega de saudade”, de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes. En el reverso del mismo se registró el tema “Bim Bom”. Ése fue el punto de partida de la gran contribución de Rio a la música internacional: la bossa nova, que comenzó en los apartamentos de los elegantes barrios de Ipanema para acabar paseándose por los clubes nocturnos de Copacabana.

          La bossa nova fue el primer estilo de música popular inventado a partir de la colaboración de dos hombres: Joao Gilberto y Antonio Carlos Jobim, un músico de conservatorio que se dedicaba a recorrer noche tras noche los bares de su ciudad. Durante un par de gloriosos años Jobim, Gilberto y un pequeño grupo de músicos -Chico Buarque, Luiz Bonfá, Carlos Lyra, Baden Powell y, sobre todo, Vinicius de Moraes-, se dedicaron afanosamente a construir su sonido intimista, llegando a poner en duda la preponderancia del samba en Rio. En 1959 su éxito traspasó fronteras con la versión que Astrud Gilberto hizo de "A Garota de Ipanema".

          Lo que trajo la bossa nova de novedoso fueron cuatro factores preponderantes, además de la interpretación más coloquial: melodía, armonía, poesía y ritmo. Después, la principal razón de su éxito tuvo que ver con el interés de músicos de jazz norteamericanos como Stan Getz, Charlie Byrd, Duke Ellington o Ella Fitzgerald que la exportaron al mundo ayudados por la influencia de su mercado.

 La exportación también trajo consigo el mayor problema de la bossa nova: su simplificación, las producciones orquestales y la banalización de sus estructuras y de sus arreglos hasta convertirla en el fondo ideal para el hilo musical. Jobim llegó a confesar sentirse perseguido por las infinitas versiones de "A Garota de Ipanema", la mayoría de las cuales se dedicaron a eliminar todos los elementos que tenía la bossa en su forma original.

          Aunque, debajo de todas estas razones comerciales, lo que había era una auténtica sed de música urbana sofisticada entre las clases más pudientes de Rio, que encontraron en los ritmos lentos e innovadores de Jobim su auténtico reflejo. El nexo de unión con la siguiente generación fue Edu Lobo, al mezclar las estructuras de la bossa nova con ritmos más africanos o nordestinos. En los 60, durante el período de la dictadura, de las guerrillas urbanas y del deseo de cambiar el sistema político, surgieron los tropicalistas -Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Maria Bethania…-, mezclando música internacional como la batida latina o el rock con los ritmos nacionales, acelerándolos y tratando las letras con más atención.

 Lo que se recoge en la colección de cuatro compactos titulada 40 años de bossa nova, recientemente editada por el sello Discmedi, son precisamente las canciones de aquellos primeros tiempos, y muchas de ellas no en su versión más predecible, con lo que gana en interés al recuperar grabaciones oscuras que sólo ven la luz ahora, después de un amplio y concienzudo trabajo de búsqueda en el fondo de catálogo de distintos sellos.

 Por si fuera poco, o alguien no saciase su sed de clásicos brasileños, se editan también dos cajas con cuatro discos cada una en las que se recogen las históricas grabaciones de Vinicius de Moraes con Toquinho, así como las primeras producciones de Chico Buarque de Hollanda. Absolutamente imprescindibles para comprender la evolución de la música del siglo XX. 

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO STARSAILOR

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 2001


Starsailor, la mejor tradición

 Love Is Here (Chrysalis-EMI)

         

          En tiempos en los que parece que el mundo del pop se ha convertido en una infinita extravagancia, Starsailor dejaron claro desde un principio que se encuentran muy cómodos con la ética que predominaba antes: musicalmente serios, menos preocupados por las personalidades y el entretenimiento que por la profundidad emocional, dirigiéndose hacia lo atemporal más que a la melodía que atrapa la atención rápidamente para luego ser olvidada. Algo, por otra parte, no muy extraño en una banda encabezada por un líder, James Walsh, que parece ser viene tocando desde que empezó a deslumbrar a su familia en las fiestas navideñas con clásicos como “Ob-La-Di Ob-La-Da” y que siempre tuvo una faceta teatral en su forma de interpretar en directo.  

         Este par de detalles no dejan de ser anecdóticos, pero sirven muy bien para enfrentarse a lo, hasta ahora, desconocido, ya que Starsailor están liderados por un chaval de veinte años y Love Is Here, el debut del 2001 –junto a Is This It de The Strokes-, es su primer acercamiento a públicos más amplios, ya que sus dos primeros singles –“Fever” y “Good Souls”- sólo habían sido devorados por los buscadores de nuevos talentos.  

         Es cierto que cuando uno busca incansablemente el futuro, le van los retos en el mundo del rock o posee una atención fácilmente desviable hacia la sorpresa, el hecho de escuchar hablar sobre un nuevo lenguaje musical se convierte en algo absolutamente irresistible. La idea de que alguien, en algún sitio, esté rondado por ahí haciendo música antes inimaginable, probando los límites de su equipo y de su salud en el nombre del  progreso, es algo excitante. Aún así, hay gente que considera que apartarse del camino es como una traición a la música, al rock’n’roll, al arte.  

         Así que argumentar, como se ha venido haciendo desde que surgieron hace poco más de un año, que Starsailor, cuatro chavales que simplemente tocan guitarras, teclados y cantan canciones hermosas sobre relaciones humanas, no amplían los límites del lenguaje musical es como reprenderle a alguien que se expresa en un castellano perfecto por no hablar esperanto en su lugar. Fluidez, sintaxis creativa, facilidad de expresión: son cosas muy difíciles de encontrar hoy en día y que se deben mimar. Starsailor tienen esas raras habilidades.  

         Puede que todas las acusaciones de sus detractores sean ciertas -que son esclavos de sus héroes o que trabajan dentro de límites más que superados en el pasado-, pero Love Is Here es un disco que no necesita excusa alguna. Posee una seguridad en sí mismo tan seductora que, incluso en sus momentos más vulnerables –“She Just Wept”- hay una intencionalidad y ambición que los empuja mucho más allá que los cientos de bandas que pululan por ahí intentando hacerse un hueco.  

         Una parte del mérito se debe a la emocionante voz de James Walsh, que recuerda a Mike Scott, Ian McCulloch o David Gray, y que se convierte en un instrumento de confrontación muy intenso, capaz de componer relatos de amor, redención y familias rotas con un tono herido totalmente creíblemente. Otra parte se debe a la sensación del mínimo esfuerzo que proporcionan unos músicos muy completos que tocan instintivamente.  

Desde luego, también ayuda la sucesión de brumosas y enigmáticas viñetas sobre encuentros con extraños en cines o mientras se protegen del tiempo inclemente, sobre personas que intercambian opiniones toda la noche mientras miran como el reloj avanza hacia el amanecer. Son canciones concurridas por los amigos, los amantes y la familia, un reparto que encaja en los modelos intimistas y en el calor humano de la música. La línea más asombrosa abre “Alcoholic”: “¿No sabes que tienes los ojos de tu padre? Y tu padre era un alcohólico.”  

            El hecho de que el grupo suene a clásico cuando aún están saliendo de su adolescencia explica la sospecha que algunos muestran. ¿Son demasiado jóvenes para que sus canciones sean auténticas? ¿No han sido sintetizadas la rabia y la emoción a partir de la colección de discos de sus padres –Tim Buckley y su hijo Jeff, Van Morrison, Neil Young- más que de su propia experiencia? Es difícil saberlo, pero el hecho es que son grandes temas y, lo que es más importante, y un argumento decisivo que desbarata cualquier pretensión de los anti-tradicionalistas: cada una de las once canciones se incrustan en la mente del oyente, sintetizando sus influencias obvias en algo misteriosamente conmovedor. 

Así que ya tenemos el Parachutes –Coldplay- de este año. En estos días en los que ser auténtico importa tanto como conseguir la textura y la forma correcta, no se puede reducir este debut a cada una de sus partes ya que, sea cuál sea el lenguaje que Starsailor hablen, Love Is Here es un triunfo rotundo.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO CANCIONES PARA KURT COBAIN, NIRVANA

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 2001


Las canciones escritas para Kurt Cobain

 

        Párate a pensar en alguno de los discos que han sido editados en los últimos años. Busca alguna de las siguientes palabras: depresión, arma de fuego, chico, heroína, ángel, estómago, dolor, triste. ¿Puedes encontrar más de cuatro en una misma canción? Si lo has hecho, lo más probable es que hayas dado con alguno de los tributos a Kurt Cobain. En el lustro largo que ha pasado desde su suicidio, el 8 de abril de 1994, compositores desde Seattle hasta Dublín han escrito varias  canciones sobre uno de los últimos mitos del rock. Aquí tienes un repaso.

– “Sleeps With Angels” de Neil Young –Sleeps With Angels, 1994-: Poco puede haber peor que alguien utilice tus textos como base para una muerte. Kurt Cobain escogió un verso de “My My Hey Hey (Out Of The Blue Into The Black)” del canadiense, concretamente “It’s better to burn out than to fade away” –“Es mejor apagarse que desvanecerse lentamente”-, como parte central de la nota que dejó detrás de su suicidio. Neil Young, que parece que había prometido no volver a tocarla en directo, la volvió a interpretar después en dos conciertos seguidos en San Francisco, cambiando la letra por “Once you’ve gone, you can’t come back” –“Una vez que te has ido, no puedes volver”-. En “Sleeps With Angels”, el corte que daba título a su disco del 94, Neil Young relata la historia de dos amantes que se pelean y se separan, resultando en la muerte del más joven. Es, además, lo más próximo que haya compuesto sobre esa muerte en la que tuvo una intervención un tanto extraña, dejando, a pesar de todo, la nota dulce: “He sleeps with angels, he’s always on someone’s mind” –“Duerme con los ángeles, está siempre en la mente de alguien”-.

– “I Love You Anyway” de The Stinky Puffs –A Tiny Smelly Bit Of, 1994-: Tal vez la canción más emotiva la compuso un chaval de once años, Simon Fair Timony, con el que colaboran habitualmente Cody Linn Ranaldo –hijo de Lee Ranaldo, de Sonic Youth-, Don Fleming, Sun Ra, los Residentes, Dave Edmunds, Eric Drew Feldman, su madre y su padrastro –componente de Half Japanese-. Simon se había hecho amigo de Kurt desde que le hiciera llegar sus canciones y éste lo mencionara en Incesticide y lo llevara con el grupo en la gira de In Utero, en la que, a veces, le hacía salir al escenario a tocar la guitarra. Evidentemente, él sí sintió su muerte como la de un padre y lo dejó claro en una canción todo candor y emoción: “You said you wanted to record with us, I was gonna go to Seatlle so we could do some drawings. I’m happy I smashed you guitar with you and I’m happy we shared some love.” –“Dijiste que querías grabar con nosotros; yo iba a ir a Seattle y podríamos hacer algunos dibujos. Soy feliz por haber destrozado tu guitarra contigo y por haber compartido algo de amor.”-.

– “Let Me In” de REM –Monster, 1994-: Michael Stipe había estado grabando maquetas con Kurt, en su sótano, en los meses anteriores a su suicidio. En aquel tiempo el vocalista de REM aún sentía la reciente desaparición de otro buen amigo, River Phoenix. Durante la grabación de Monster, un disco con el que quería evitar repetir los pensamientos sobre la muerte de Automatic For The People, supo del suicidio de Kurt, y escribió “Let Me In”, según palabras textuales, “a Kurt, para Kurt y sobre Kurt”, canción que tocaron con una guitarra que Courtney Love le regaló. Hay referencias a la voracidad del sistema “We eat them up, drink them up” –“Nos los comemos y nos los bebemos enteros”, pero, sobre todo, hay cierto sentimiento de culpa e impotencia: “I had a mind to try and stop you, let me in” –“Tenía en mente intentar detenerte, déjame entrar”-.

– “Last Exit” de Pearl Jam –Vitalogy, 1994-: Inevitablemente, la muerte de Kurt Cobain, espíritu afín y enemigo declarado de Eddie Vedder, tuvo una influencia decisiva en el disco de Pearl Jam de aquel año. Hasta canciones como “Spin The Black Circle” tenían una carga anti-sistema mucho más acentuada que el resto de su repertorio. Pero es en “Last Exit” en la que se puede sentir más claramente el sentimiento de pérdida y frustración: “If one cannot control his life, will he be driven to control his death?” –“Si uno no controla su propia vida, ¿se le permitirá controlar su muerte?-, se pregunta Vedder mientras la banda se arranca con furia nihilística. Hay más: en “Inmortality” queda claro cuál fue el destino del mito: “Some die just to live” –“Algunos mueren sólo para vivir”-, aunque, al final, Eddie Vedder también toma partido, distinto al de Kurt, en “Tremor Christ”: “I’ll decide take the dive, take my time and not my life” –“Decidiré pegar el salto: toma mi tiempo, pero no mi vida”-. 

– “Sundown” de Veruca Salt –cara B del single Victrola, 1995-: Louise Post, al frente de su grupo coetáneo en el tiempo y la actitud a Nirvana, imagina un mundo más perfecto en el que Kurt Cobain aún está presente. “You’re the dream, I’m the dreamer, In the dream you’re still around” –“Eres el sueño y yo la soñadora, y en el sueño todavía estás vivo”-. Su versión de la historia es la que cuenta con más adeptos.  

– “Queen Mother” de Julian Cope –20 Mothers, 1995-: En este caso, el druida galés escribió desde el punto de vista exclusivo de Courtney Love, a quien había conocido unos quince años antes en Liverpool. Todo el mundo pensaba que Courtney se sentiría justo como Julian Cope lo reflejó: “I hate myself and want you back” –“Me odio a mí misma y te quiero de vuelta”-. Más directo, imposible. 

– “Mighty K.C.” de For Squirrels –Example, 1995-: El grupo de Florida, seguidores de REM, intentó acercarse a Kurt Cobain -¿de dónde, si no, las iniciales de la canción?- desde otro punto de vista: imaginarse cómo debe ser la preparación de uno ante la seguridad de su muerte. El detalle macabro llegó a las pocas semanas de grabar el tema en cuestión: antes de ser publicado, dos componentes de la banda murieron en un accidente de tráfico.  

– “Into Yer Shtik” de Mudhoney –My Brother The Cow, 1995-: Sólo por esta canción se podría pensar que Nirvana si fueron los amos y señores del grunge y que Mudhoney querían a alguien en primera fila con quien identificarse. En lugar de intentar entender a Courtney Love, como hacía Julian Cope, Mudhoney optaron por la vía de culparla directamente de su suicidio, como aquella película que Love intentó prohibir. “Why don’t you blow your brains out, too?” –“¿Por qué no te vuelas los sesos también?”-. Se olvidaron de un único detalle, muy importante en este caso: antes de amenazar, hay que saber con quién se la juega uno.  

– “About A Boy” de Patti Smith –Gone Again, 1996-: Casi una respuesta a “About A Girl” de los propios Nirvana. Patti Smith, que entonces sufría en sus carnes la muerte de muchos de sus allegados, se lamenta en “About A Boy”: “From a chaos, rich and sweet, from the deep and dismal streets, tore another kind of peace, tore the great emptiness” –“Desde el caos, rico y dulce, desde las calles profundas y sombrías, he roto otra clase de paz, he roto el gran vacío”-.  

– “You’re One” de Imperial Teen –Seasick, 1996-: Roddy Bottum, teclista de Faith No More, en su proyecto paralelo, se convierte en un aliado perfecto para Kurt Cobain, aunque comete un sólo error: no haber hecho durante su vida lo que le ofrece después de muerto: “I’d pump your stomach if I thought it’d stop the pain” –“Te golpearía en el estómago si supiera que pararía el dolor”-, en alusión a los dolores de estómago que Cobain decía que aliviaba con heroína.  

OTRAS CANCIONES:  

– “Untitled” –conocida como “Song For Krist And Dave”- de Kyuss, banda antecesora de Queens Of The Stone Age –single, 1994-.

– “Weight Of The World” de The SamplesAutopilot, 1994-.

– “Tearjerker” de Red Hot Chili Peppers One Hot Minute, 1995-.

– “Hole” de Catherine Wheel Happy Days, 1995-.

– “So Sorry, Mr. Cobain” de Lena Fiagbe Visions, 95-.

– “Saint Cobain” de Vernon Reid, antiguo líder de Living Colour –Mistake Identity, 1996-.

– “I’m Still Remembering” de The Cranberries From The Faithfully Departed, 1996-.

– “Don’t Wake Daddy” de The Tragically Hip Trouble At The Henhouse, 1996-.  

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO THE STROKES

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 2001


The Strokes, el sonido de una ciudad

Is This It (RCA)

 

          Ésta es la clase de la que están hechas las leyendas. El rock and roll nunca olvida, y cada pocos años un grupo lo reinventa de forma que pueda parecer algo novedoso y mantener el interés, con referencias a la decadencia y los ritmos contagiosos de The Velvet Underground, las voces rasposas de Iggy Pop, los ataques rabiosos de las guitarras de The New York Dolls, la elegancia de Televisión y un tanto de la actitud punk de 1977.  

         Es una fórmula que, bien hecha, consigue una fuerza inigualable. The Strokes son, para quien no los conozca a estas alturas, algo casi impensable dado el revuelo que han causado, un quinteto de Nueva York que están llamados a ser –y quieren ser- la próxima gran banda americana de rock and roll. Algo, por otra parte, no tan difícil en un mundo en el que arrasa el derivativo nu-metal o el punk adolescente sin gracia, y en el que The Strokes son, por lo tanto, una anomalía.  

Su primer trabajo, el EP de tres canciones de la pasada primavera, The Modern Age, más crudo que su primer disco de reciente edición, consiguió la atención de la crítica inglesa –en su país aún son completamente ignorados-, que, inmediatamente, le dieron la bienvenida a su potencial como dignos herederos de un trono ya vació. En el 2001 tan sólo The White Stripes y Starsailor han conseguido la misma unanimidad en su reconocimiento como los mayores descubrimientos del principio de siglo, siendo todos ellos, unos absolutos desconocidos hace menos de doce meses.  

Su disco de debut incluye la regrabación de aquellas tres canciones, las dos que iban en el single que le siguió Hard To Explain y siete nuevas, en las que demuestran que han aprendido bien la lección del rock underground. Como curiosidad, y debido, una vez más, a la supuesta sensibilidad de los estadounidenses, hay que reseñar que, después de los acontecimientos del once de septiembre, la canción “New York City Cops”, con su línea “No son demasiado listos” –en homenaje al ahora redimido alcalde Giuliani-, fue reemplazada allí por la menos conflictiva “When It Started”.  

Con toda la expectación que se ha despertado a su alrededor, el título de su debut está más que justificado: Is This It? -¿Es esto todo?-. Ya con sólo cinco canciones  editadas, The Strokes eran considerados los salvadores del rock & roll. Pocas bandas podrían haber superado las expectativas. No hay razón para preocuparse: Is This It? es uno de los discos de debut más excitantes y energéticos que han salido de los clubes de Nueva York en mucho tiempo.  

De hecho, desde los tiempos de los Ramones, hace ya veinticinco años, nada igual se había visto en aquella ciudad. Y, lo que es más sorprendente, sus autores son jóvenes de familias acomodadas que se infiltran en los barrios bajos en busca de los ya suficientemente probados tópicos del sexo, drogas y rock and roll.  

Éste es el sonido de aquella ciudad como siempre se supuso, en la que se pueden atisbar retazos de su sala más emblemática, el CGBG. Mejor aún, es el resumen de tres décadas de la música joven de Nueva York, y el sonido que puede que no volvamos a oír nunca más. Is This It golpea con la clase de energía nerviosa que durante tanto tiempo se ha echado de menos en la escena rock y, aunque sus influencias no sean nada nuevo, consiguen hacer enmudecer en cada nueva escucha.  

En un recitado igualmente desesperado, el cantante Julian Casablancas parece sonar como si Lou Reed estuviera cantando a través de una conexión telefónica defectuosa desde el otro lado del Atlántico. Casablancas es un rocker de la vieja escuela, en la tradición de Mick Jagger, un joven que implora, absorbe y sangra por mujeres más hermosas, al tiempo que actúa como si nada le dejara satisfecho.  

La banda, por su parte, va al grano tan urgentemente que a veces parecen enfrentarse a sus composiciones con la rítmica de un grupo de funk. El batería Fabrizio Moretti y el bajista Nikolai Fraiture siguen caminos sin complicaciones para lograr la fricción dramática necesaria, algo que “Trying Your Luck" prueba claramente. En consecuencia, los guitarristas Nick Valensi y Albert Hammond Jr. se sienten liberados para dejar caer riffs que recuerdan al Johnny Thunders más efectivo y a los minimalistas ingleses Wire en los finales atonales, como ocurre en “Hard To Explain”. La producción también contribuye, dando la sensación de que se está ante una grabación en directo, capturando el ambiente de un club. Tan elemental como el primitivo rock and roll, tanto que hasta se huele y siente el sudor.  

Su más que evidente defecto es su escasa duración, 36 minutos, en una época en la que todos los músicos quieren demostrar que tienen recursos de sobra, aunque conviene recordar que los buenos discos de la nueva ola (The Jam, The Buzzcoks, The Undertones o Blondie, bandas que también están en su inconsciente) no estiraban sus grabaciones más allá de lo necesario. Por otra parte, Is This It envejece rápidamente, ya que no hay forma de sacarlo del reproductor. Ahí ya no queda claro si el mérito actúa en su favor, y a partir de este momento les va a ser difícil superar lo ya logrado. Ahora, sí, empezarán a sentir la presión.  

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO DISCOS QUE NUNCA LLEGAN

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 2001


Expedientes X: los  discos que nunca llegan

    

The Stone Roses

Evidentemente, no estamos en los 60. Entonces los discos se componían, se grababan y se editaban sin pensárselo demasiado, pudiendo llegar a colocarse tres discos de una banda en un mismo año. Desde entonces, sólo Siniestro Total han conseguido igualar tal marca, aunque no era ésa su intención ni suyo todo el mérito: en el 97 editaron Cultura popular, un disco de versiones grabado en directo, Así empiezan las peleas, un directo para América Latina, Gato por liebre, un álbum con las versiones hechas por el grupo para su sello anterior, y Sesión vermú, su disco en estudio de ese año.  

Lo normal en estos tiempos es editar un disco después de haber promocionado intensamente el anterior, de haber girado con él interminablemente, de haberlo exprimido hasta decir basta y de haber tenido tiempo para  retirarse a un lugar apartado a componer el  próximo. No todos sufren de incontinencia creativa como Prince –veintidós discos en veinte años, sin contar dobles, triples y los que no llegó a editar-, Ani Di Franco –catorce discos en diez años- o Andrés Calamaro –más de 300 canciones esperan aún su turno-.  

Más bien lo contrario: suele ser bastante común que, después de un disco de bastante éxito, el grupo en cuestión desaparezca del mapa durante años. Sí: el miedo a no poder presentarse con algo digno, comparable a lo editado hasta ese momento –bloqueo creativo, lo llaman-, la edición de directos, recopilatorios y discos de versiones para  evitar enfrentarse al estudio –vivir de las rentas, por supuesto-, el  largarse durante meses a retiros idílicos –pura vagancia- y el ponerse metas más allá de toda lógica –excesiva  autoexigencia- pueden complicar  las cosas hasta el absurdo.  

El caso más conocido es el de los Stone Roses, un grupo que con un único disco editado en el 89, Stone Roses, ingresó por derecho propio y para siempre en la realeza del pop británico. Después, los problemas durante la grabación de su segundo intento fueron el pistoletazo de salida a una espiral cuesta abajo que acabó con la separación. En el 94, por fin, volvieron con un álbum adecuadamente titulado The Second Coming –algo así como El regreso-, aunque los nuevos guiños a Led Zeppelin dejaron indiferentes a todos. El título hubiese estado mucho mejor aplicado a la vuelta de un desahuciado Shaun Ryder al frente de Black Grape, una auténtica sorpresa inesperada por aquel entonces. 

Un bloqueo similar sufrió Elastica, la banda de Justine Frischmann, que consiguió el  año pasado rehacer un grupo disuelto por la falta de continuidad. Su segundo disco, cinco años después, no avanzaba nada nuevo y en sus conciertos, como el de Benicassim, dieron la impresión de haber ido hacia atrás, pero al menos parecen tener asegurada una nueva etapa.  

 Para los próximos meses  se anuncian discos de varios de los grupos que más han cacareado su regreso durante los 90. Por ejemplo, Guns N’ Roses, que hablan de un nuevo disco aunque, como en los dos casos anteriores, ¿qué más da a estas alturas unos meses más o menos? En su caso, desde el 91, en el que editaron dos discos dobles –Use Your Illusion I y II– no han publicado nada nuevo, salvo el disco de versiones The Spaghetti Incident. Diez años parecen más que suficiente para darle continuidad, aunque no debe ser tan sencillo, teniendo en cuenta que en todo este tiempo sin material nuevo Axl Rose ha  ido perdiendo o despidiendo a todos sus compañeros, así como a los productores que han osado poner sus manos sobre el supuesto nuevo material. Las crónicas del Rock In Rio tampoco avanzan nada espectacular.  

Algo similar es el caso de Stereo MC’s, mejor banda británica del 92, según la industria, con su álbum Connected, un híbrido perfecto de funk y hip-hop. Desde entonces, todo ha sido interminables días en los estudios, sesiones como pinchadiscos para airearse un poco y rumores de adicciones problemáticas. Antes de su disco en estudio propiamente dicho, si es que se confirma su regreso, tuvieron tiempo para editar DJ Kicks, a base de música ajena.  

Con menos bombo y platillo se anuncian nuevos álbumes de Daft Punk –cinco años después de su debut Homework-, Kraftwerk –el primero desde Electric Caffe del 86, ¡quince años después!- y  New Order –el siguiente tras Republic del 93-.  

Aún quedan casos de los que no sabemos nada: Bruce Springsteen –sin nada nuevo desde el 95, cuando publicó The Ghost Of Tom Joad-, Michael JacksonHistory es del 95-, ProdigyThe Fat Of The Land fue editado en el 97-, y, sobre todo, My Bloody Valentine -en dique seco desde el 91, fecha del excepcional Loveless, después de haber gastado millones de dos compañías que esperaron inútilmente su continuación-. 

Hay otros de los que, como siempre, poco se puede esperar: The Blue Nile han editado tres discos en veinte años, a un ritmo de un álbum cada  siete años, y Prefab Sprout dejaron pasar siete años entre Jordan: The Comeback y Andromeda Heights, del 97, momento en el que Paddy McAloon reconoció que había trabajado durante ese tiempo en cinco discos distintos, pero que su nivel de exigencia no le permitía editarlos antes de mejorarlos. Y la pregunta final, en todos los casos, siempre será: ¿de verdad ha valido la pena tanta espera?

Xavier Valiño

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