CAMPUS GALICIA ARTICULO LOS NUEVOS CROONERS

CAMPUS GALICIA ARTICULO LOS NUEVOS CROONERS

ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 1999


Neo-crooners, estado del sitio

 

Perry Blake

Pocos parecen haber reparado que, con la aparición en escena de genios que han entrado por la puerta de atrás como Jay-Jay Johanson o Perry Blake, los nuevos crooners han hecho del final de siglo su momento.  

¿Qué tienen en común nombres como Divine Comedy, Pulp, Tindersticks, Barry Adamson, Jack, Nick Cave y los recién llegados Jay-Jay Johanson y Perry Blake? Sí, hacer de la interpretación un arte. La estética y la música de los crooners, olvidada durante  años, es uno de los hechos a recordar de estos últimos meses. Puede que en ello haya tenido que ver varios factores, como la recuperación de nombres de los 60, la aceptación del easy listening a través del lounge o la crisis de otros sonidos más fuertes, pero el caso es que los crooners han paseado impunemente su arte por los escenarios con el beneplácito de casi todos. 

Veteranos

Al principio fueron nombres como Frank Sinatra, Scott Walker, Lee Hazlewood, Noel Coward, Leonard Cohen, Serge Gainsbourg o Jacques Brel, las canciones de Burt Bacharach o el dramatismo de Tim Buckley y Nick Drake y los posteriores ecos en los trabajos y la imagen de Bryan Ferry o David Bowie los que marcaron la senda que hoy recorren, con menciones habituales a sus antepasados,  los crooners de fin de siglo. 

Ya a caballo entre los 80 y los 90, Nick Cave, una vez finalizada su etapa con The Birthday Party y después de pulir sus aristas más crudas, ha ido dejando caer discos que se pasean, a la vez, por lo más elegante y lírico –The Good Son– y lo más arisco y tenebroso –From Her To Eternity-. 

Cada uno de sus álbumes persigue un ambiente y una temática propia, por lo que la edición de su The Best Of Nick Cave & The Bad Seeds ha sido una buena ocasión para repasar toda su obra -la primera edición venía acompañada de un concierto en directo que completa la visión-. Y, aunque parezca imposible depurar más el estilo de lo que hizo en The Boatman=s Call, su último disco en estudio del 97, seguro que vuelve a sorprender a todos. No en vano estamos hablando de uno de los escasos artistas que están más allá del limitado  ámbito del rock y que marcarán este siglo, junto a Van Morrison, Bob Dylan, Tom Waits o el propio Leonard Cohen.    

De la banda de Nick Cave surgió Barry Adamson, bajista también de Magazine, que dejó a los Bad Seeds en el 87 para comenzar una carrera en solitario como compositor de trabajos muchos más complejos y, casi siempre, de ambiente cinematográfico, ya fueran bandas sonoras propiamente dichas –Delusion, Shuttle Cock o Gas, Food & Lodging– o discos como Moss Side Story o As Above So Below, este último publicado en el 98.  

En la misma onda anda Mick Harvey, otro Bad Seed que se ha  dedicado en su tiempo libre a homenajear por duplicado a Serge Gainsbourg –Intoxicated Man y Pink Elephants– o nuestro Javier Corcobado, haciendo versiones de Raphael o Antonio Carlos Jobim, este último con material nuevo en estos días.

La ley del drama 

Tres formaciones británicas que llevan trabajando varios años han conseguido en los últimos años su mayor repercusión. Las coincidencias no acaban ahí: las tres tienen al frente un compositor-showman que sabe cómo hacer de la afectación, del dolor o del sentimentalismo arte en estado bruto, algo que en los 80 hizo Marc Almond como nadie. 

Jarvis Cocker llevaba desde 1978 intentando levantar su proyecto Pulp. Durante los 80, en distintos sellos y con varias formaciones, pasó totalmente desapercibido, tocando un montón de estilos sin éxito. His N Hers y Different Class, ya en los 90, marcaron la cima de una carrera basada en sus agudas observaciones de la clase media británica. Una llamada de última hora en junio de 1985 para suplir a The Stone Roses en el Festival de Glastonbury fue su consagración y la de su arte en escena. 

This Is Hardcore, su último álbum, intenta avanzar valientemente dejando atrás los tópicos a los que se viene asociando el nombre de Pulp últimamente y, aunque el sexo y la fama vuelven a estar muy presentes, su conclusión es mucho más sombría y seria. Jarvis se ha vuelto adulto de repente y parece que la fama sólo le ha traído una mala resaca. 

Neil Hannon al frente de The Divine Comedy ha construido una de las obras más redondas, aún en su imperfección, de los 90, si no tenemos en cuenta sus principios como versión barata de R.E.M. en Fanfare For The Comic Muse. Casanova y A Short Album About Love -con versión de Scott Walker incluida- son sus discos más logrados, verdaderos tratados sobre el amor, la lujuria y el sexo, repletos de arreglos orquestales victorianos y románticos. 

Fin de Siècle, del 98, lo exagera aún más: más de cien personas en las secciones de cuerda y el fin de siglo como motivo de un disco de grandes ambiciones, épico, solemne y dramático, pero que, a pesar de pasearse al borde del ridículo, sale airoso de nuevo. El único dilema es: ¿después de esto, qué?

Stuart Staples es la imagen de Tindersticks, una banda en la que el romanticismo decadente y el dramatismo afectado lo son todo. Tres discos en estudio imprescindibles –Tindersticks, The Second Album y Curtains-, dos directos que muestran cuáles son sus bazas -8th Feb. 94 Amsterdam y Live At The Bloomsbury Theatre 12.3.95- y la banda sonora de una película francesa –Nénette et Boni– conforman la discografía básica que sirve de base para unas actuaciones exquisitas como la que se ha podido ver en el pasado Festival de Benicassim. 

En el 98 vio la luz su colección de singles, caras B e inéditos Donkeys 92-97, que vale la pena aunque fuera simplemente por su colaboración orquestada con la actriz Isabella Rossellini en AA Marriage Made In Heaven@. ¿Principio de una nueva etapa? 

Los últimos serán los primeros  

Los galeses Jack encontraron buena receptividad para Pioner Soundtracks hace dos años. Las crónicas hablaban de teatralidad, melodrama y bohemia. The Jazz Age continúa en esa línea, demostrando que hay vida tras los Tindersticks y han estado hace poco por aquí para celebrar los cinco años de Everlasting. 

Pero la sorpresa de los últimos meses han sido cuatro nombres que utilizan la tecnología para impulsar sus creaciones. Dos de ellos, los franceses Air y Kid Loco, más centrados en la electrónica, carecen de la voz que los acerque a los crooners de siempre.  

Algo que sí tiene el sueco lanzado a la fama desde Francia Jay-Jay Johanson. Un mini-álbum editado originalmente en 1996, Whiskey, llegó a nosotros a principios de este 98 convirtiendo su ASo Tell The Girls That I Am Back In Town…@ en un mini éxito instantáneo. Con Tattoo, su disco de este año, el trip-hop de Portishead y los ritmos susurrados de mayor actualidad encuentran sus lazos con el pasado a través de Chet Baker, Frank Sinatra, Bobby Darin, Cole Porter o Antonio Carlos Jobim.. En ambos reina a sus anchas el ambiente misterioso, las melodías memorables y su asombroso tratamiento de los ritmos. 

En una onda muy similar se encuentra el irlandés Perry Blake que también surgió de la nada para sorprender con su primer disco, Perry Blake, producto de doce meses de trabajo, el trabajo continuado con una orquesta y la grabación de sus voces en una iglesia, aunque ahora ninguna compañía se atreve con la edición de su segundo disco. De todas formas, lo que pervive en el recuerdo son sus canciones tristes y melancólicas, en la línea de todos los antes citados. (Si hasta el propio Elvis Costello dejó en el 98 un disco entero con Burt Bacharach, Painted From Memory, y se paseó por los escenarios presentándolo de rigurosa pajarita!)

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO EL NUEVO SOUL

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 1999


Nuevo  soul, esencia morena

 

Erykah Badu

Desde los años 60 no había habido una generación de cantantes soul como la de ahora. Lauryn Hill –nominada a diez premios Grammy-, Erykah Badu o Maxwell son sólo los nombres más conocidos de un momento glorioso para la música con alma.  

Hace unos años, no tantos aún, todo estaba por inventar… Y se inventó. Fueron los años gloriosos del soul, que comenzaron a finales de los 50 y lucieron en los 60 y 70. Fueron los años de Otis Redding, Sam Cooke, Marvin Gaye, Aretha Franklin, James Brown, Jackie Wilson, Al Green, Wilson Picket… Los tres primeros murieron de forma violenta y, con la desaparición de cada uno de ellos, el soul fue perdiendo fuelle y, más que nada, inventiva.  

Otis Redding se estrelló con su avión particular en plena gira; días después su “The Dock Of A Bay” se convirtió en su primer número uno. Sam Cooke fue asesinado de tres disparos y rematado en el suelo por la conserje de un motel que pensaba que el vocalista estaba intentando forzar a su joven acompañante; años después la película “Único testigo” recuperó su “Wonderful World”. Por último, a Marvin Gaye lo mató su propio padre, un predicador que estaba harto de la adicción de su hijo a la cocaína; curiosamente, sucedió el mismo año que Marvin Gaye se había rehabilitado comercialmente con “Sexual Healing”, la última gran canción de los clásicos del soul. 

¿Alguien se acuerda de ellos? Además de las compañías publicitarias, que un buen día descubrieron en ellos un  filón inagotable, durante los 80 el pop británico no dejó de demostrar de dónde le venían las influencias a algunos de sus nombres más exitosos, dentro de lo que dio en llamarse soul de ojos azules: Paul Young, el Style Council de Paul Weller, Mick Hucknall con Simply Red, Scritti Politti, el propio Robert Palmer…  

Ya en los 90, con el precedente de Sade, los músicos de color retomaron el legado de sus antepasados, aunque la primera generación de esta década tenía un ojo puesto en el pop y el otro en las listas de éxito: Terence Trent D’Arby, Seal, Neneh Cherry, la propia Mica Paris que fue lanzada a lo grande y ahora pasa totalmente desapercibida… Nada especialmente memorable, aunque tuvieran alguna canción para recordar. 

El relevo, su relevo, la gran generación del soul desde los clásicos de los 60 estaba por despuntar. Y de tres años a esta parte, más o menos, sin que nos diéramos cuenta, una serie de vocalistas-compositores-músicos de color ha llegado para quedarse, para reivindicar el legado de los grandes nombres, actualizarlo y, lo que es más importante, proporcionarle al soul una nueva y necesaria creatividad, combinándolo con el jazz y el hip-hop. 

Todos son jóvenes y ninguno tiene más de dos discos publicados, si exceptuamos una recreación en directo de uno de los debuts. No representan a ningún movimiento conocido –mientras no se den cuenta los medios de comunicación- y no tienen especial fijación por las listas de éxito. Hasta ahora. 

Puede que el más desconocido hasta el momento, D’Angelo, sea la referencia más visible entre los nuevos soulmen, al menos aquel al que todos dirigen sus más encendidos elogios. Sólo ha editado un disco, Brown Sugar, aunque a sus 25 años ha pasado por un grupo de rap, ha colaborado en discos de gospel y ha escrito varias canciones para bandas sonoras. Hace unos meses se especulaba con un disco en directo y ya se sabía que tenía grabado un nuevo disco en estudio, Voodoo, que aún no ha visto la luz.  

Maxwell ha sido el más prolífico. Tras su debut, Maxwell’s Urban Hang Suite, del  96, en el 97 llegó su revisión en directo, un más previsible MTV Unplugged, y en el 98 presentó Embrya, una derivación de la palabra “hembra” y que muestra bien claro cuál es su línea: soul de alto voltaje para acompañar noches sensuales y sexuales, con un estilo que bebe en las fuentes del Marvin Gaye más lujurioso. 

Rahsaan Patterson es el ejemplo más claro de las influencias de los grandes de los 60, más en su educación musical que en su primer disco Rahsaan Patterson, del 97. Del coro de la iglesia de su barrio de Nueva York pasó a componer para otros –Brandy-, después de colaborar con George Duke y Stanley Clarke. Aunque todos se empeñan en emparentarlo con Stevie Wonder, él prefiere asociarse con mujeres clásicas del soul de las tres últimas décadas como Gladys Knight, Chaka Khan o Anita Baker.  

Quedan aún dos nombres reseñables entre los soulmen. Tony Rich, a pesar de ser aún bastante desconocido, cuenta ya con uno de esos devaluados premios Grammy por su primer disco, Words, del 95. Su soul se encuentra más cerca de los que aquí se citan que el de los más habituales de las listas de éxito Babyface o Usher, con quien pretendieron asociarlo concendiéndole aquel premio. Y Chico DeBarge, el pequeño del clan DeBarge, quien publicó en el 97 Long Time No See, un disco producido por el descubridor de D’Angelo y Erykah Badu –Kedaar Massenburg-, que fue editado después de haber pasado seis años en prisión por tráfico de drogas. 

Pero son las mujeres la imagen más definitiva de este renacer del soul. Erykah Badu se declara mensajera del renacimiento espiritual y artístico y manifiesta haber nacido artista. Lo demuestra con su extravagante vestimenta, la leyenda que rodea a su vida privada y su impresionante directo.  

Tal  vez su extraordinaria voz y el aura misterioso que desprende sean los elementos que conducen a todo el mundo a compararla con Billie Holiday, aunque también se pueden reconocer huellas evidentes de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Nina Simone, Aretha Franklin o Chacka Khan. Baduizm, del 96, y un algo reiterativo Live, del 97, con sólo dos temas nuevos, indican una especial predilección por el jazz, la cadencia del hip-hop y la investigación sonora. Puede que no sea la más vendedora, pero es ya la gran estrella de la música negra de fin de siglo.  

Missy “Misdemeanor” Elliott es la que mejor ha sintetizado la fusión del rap con el soul en su primer disco Suppa Dupa Fly, del 97, en el que se muestra exuberante a todos los niveles. La bomba Elliott no tiene nada de recién llegada: después de militar en el grupo de rap femenino Sista, compuso o prestó su voz a un buen número de cantantes de color, antes de convertirse en empresaria, arreglista, productora y cantante explosiva en solitario. 

Queda, para el final, la gran triunfadora, Lauryn Hill. Después de conocer el éxito al frente de The Fugees junto a Wyclef Jean y Pras, en el 98 editó su primer disco The Misseducation Of Lauryn Hill. El título y la inspiración están tomados directamente del libro The Misseducation Of A Negro, de Carter Wodson, que habla del respeto y el orgullo de la cultura afroamericana, algo que Lauryn Hill tiene muy presente en sus canciones.  

Además de ser muy superior a los trabajos de sus compañeros y de ser un nuevo éxito de ventas, sin ir descaradamente a por ello, ha obtenido el respaldo de la conservadora industria musical norteamericana. Puede que alguien se haya dado cuenta de que algo se mueve en la música de color.

DISCOS  IMPRESCINDIBLES 

1: Brown Sugar, D’Angelo (1995): Contemplado tres años después, ésta fue la presentación del nuevo soul en sociedad. Que si Marvin Gaye, que si Smokey Robinson, que si rhythm’n’blues, que si rap… Lugares comunes que, desde entonces, no han dejado de repetirse. Da lo mismo: el caso es que D’Angelo dejó tan alto el listón que todos lo utilizan como su referencia fundamental y como blanco de todos sus piropos. Su versión: “Cruisin’” de Smokey Robinson. 

2: Maxwell’s Urban Hang Suite, Maxwell (1996): Sí, él es el Marvin Gaye más lujurioso y sensual. ¿Cómo entender, si no, un disco que se plantea como la historia de la aventura de una noche, desde que se sale de casa en busca de compañía hasta el despertar satisfecho, dando cuenta de todo lo sucedido? Desde luego, la definitiva sinfonía del sexo nocturno. No incluye versiones, pero ayuda en la composición el clásico Leon Ware. 

3:  Baduizm, Erykah Badu. (1997): La imagen y la voz del nuevo soul. Nada de esto debería hacer sombra a la mayor de las evidencias: su debut es uno de los más deslumbrantes discos de los 90, además de sonar plenamente actual gracias a sus cadencias hip-hop. Lo de Billie Holiday puede servir para orientar a los despistados, aunque pronto será ella la referencia a citar. Estrella ya lo es por méritos propios y la música, en este caso, acompaña –si no se repiten deslices como su Live-. La versión: “4 Leaf Clover”. 

4: Rahsaan Patterson, Rahsaan Patterson (1997): Había sido preparado para ello desde que nació. Pero también lo fueron otros antes y no lograron ni conseguir la mitad que él. Lo suyo tiene más que ver con la tradición y el funk y menos con los nuevos sonidos. Colaboran Billy Preston y el hijo de Booker T. Jones, revelando, por si no quedaba claro, que se le reverencia como la versión de los grandes clásicos de siempre para este final de siglo. 

5: Supa Dupa Fly, Missy “Misdemeanor” Elliott (1997): Missy Elliott tiene un pie en el soul y otro en el rap, demostrando que ambos géneros son primos-hermanos y, en este caso, lo mismo. Callejero, sexy, sofisticado, provocativo, funky… Música arrasadora a cargo de una mujer que lo tiene todo. Su versión: “I Can’t Stand The Rain” de Ann Peebles. 

6: The Miseducation Of Lauryn Hill, Lauryn Hill (1998): Tiene carácter, pero lo enfunda en un hermoso tratado de hip-hop, reggae, soul, humanismo y actitud positiva. Tal vez sea un punto más convencional que el resto y los sampleados más previsibles –The Doors, Bob Marley, Wu Tang Clan- y, puede que por ello, ha logrado mayor recompensa. Además de hacer un dúo con D’Angelo, incluye versión del “Can’t Take My Eyes Off You” de Frankie Valli.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO RADICAL MESTIZO

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 1999


Radical mestizo: La aldea global

 

         Los discos recopilatorios son, en su mayor parte, para desconfiar de ellos. Sus autores –las propias compañías discográficas casi siempre, no nos engañemos- intentan aplicar una y otra vez la ley del mínimo esfuerzo. 

         Se trata de álbumes previsibles, con las canciones más conocidas de un grupo o de un solista, con el simple añadido de un par de temas inéditos, o, si se trata de incluir a varios artistas, con un nexo en común tan evidente como poco justificable. Por eso empeños como los de Radical mestizo encierran un gran mérito y se convierten en todo un logro que debería ser imitado y convertirse en la regla, y no en su excepción.  

         Para empezar, conocemos los nombres de sus responsables, algo que en la práctica totalidad de los casos queda oculto por el simple hecho de que sus autores son conscientes de que conviene más permanecer en el anonimato si no se aporta nada. 

         En este caso, Valentín Ladrero, uno de los responsables del sello discográfico Fonomusic, se encarga de todo lo relacionado con lo que podríamos llamar producción, mientras que el experto DJ Floro realiza el trabajo de selección. Y así debería de ser siempre que no se tenga en cuenta exclusivamente el criterio comercial: alguien de un sello encargándose del aspecto industrial mientras alguien que conoce a fondo el tema escoge a quienes deben estar representados en el disco. 

          Ya fue así en un primer volumen, también doble, editado el ano pasado: el trabajo se repartió de la misma forma y toda la critica coincidió en lo positivo de los resultados, a pesar de que la selección no pudo contar con algunos nombres imprescindibles. 

         Este es el sentido de la serie Radical mestizo y de su nueva entrega dospuntomil: el compromiso y el baile. Hay gente que compone músicas y escribe palabras tan certeras que hacen tambalear nuestras conciencias, y estos discos están aquí para certificarlo. 

         Algunas nacen busconas y se encuentran con lo peor de nuestras calles, de nuestros pueblos, de nuestros gobiernos¼ En el mundo de las mil lenguas que crece en las ciudades de Europa y América, y a ritmo de ska, batucada, hip-hop, afro, salsa, reggae, rock, jungle o raggamuffin’, las revoluciones pendientes parecen convertirse en algo mucho más factible. 

         Músicas para pensar. Radical y mestizo. Estos dos volúmenes son una muestra contagiada de conspiración ideológica a través de la fiesta y de la música popular contemporánea. En ellos se puede encontrar una actitud estética entresacada de un caleidoscopio multicolor, en el que se fusionan los ritmos y explota la voz de la independencia, de la contrainformación, de la libertad artística. 

         Los modelos anglosajones en los países de ascendencia latina empiezan a tener serios competidores en músicos que intentan reinterpretar esos modelos y mezclarlos, como si de alquimistas se trataran, con otro tipo de influencias sonoras sobre el decorado de la opulencia europea y la miseria latinoamericana. Por eso una propuesta como ésta, abierta y ecléctica, habla, necesariamente, castellano, gallego, euskera, catalán, francés, portugués, italiano, piamontés 

         También dan fe de los sonidos deliciosos que se han exportado, sin ninguna ayuda, casi de tapadillo, desde determinados territorios, como plagas fantásticas que se expanden a través del ritmo. Al mismo tiempo, muestran hambre de cultura y se convierten en espejo de una realidad olvidada, de inmigrantes ilegales y jóvenes luchando en las selvas de la supervivencia, de ciudades que se transforman en pasos fronterizos y en laboratorios mestizos de experimentación musical para artistas abiertos y militantes. 

         Por eso discos así no son sectarios, ya que detectan empatías sugerentes, músicas apasionadas y generan o certifican relaciones entre las bandas que incluyen. Los textos son significativos en todas ellas y la radicalidad se expresa en su actitud comprometida. Radical que deviene raíz, sonidos contemporáneos, urbanos, aderezados con evidentes raíces afro-caribeñas, mostrando un universo periférico, sin presencia en los medios, y extraordinariamente activo. 

         Ahora, en su segunda entrega, se agradece la evidente mayor coherencia en la selección de la treintena de nombres que completan la antología. Para empezar, se reconoce la labor de los precursores, presentes por fin, en la voz de Manu Chao y Fermín Muguruza. 

         La estela de Mano Negra queda clara en Dusminguet, La Bemba Blanch, King Changó, Sargento García o La Vaca Guano. Y el rap, la voz que más agita las conciencias, viene identificada por las aportaciones de los vallecanos Hechos Contra El Decoro, los mexicanos Control Machete, el mozambiqueño General D, los cubanos Orishas y su colega Nilo o los senegaleses Daara J. 

         A su lado, aportaciones como las de Sidestepper, Cypress Hill cantando en castellano, los imprescindibles Diplomáticos de Monte-Alto o la Basque Dub Foundation muestran un presente palpitante y cálido que huye de los caminos trillados para despertar, una vez más, las conciencias.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO REUNIONES

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 1999


Reuniones, ¿todo por la pasta?

 

Radio Futura

En un momento en el que reaparecen Mecano, Golpes Bajos, Aviador Dro, Radio Futura, Public Enemy o New Order, el refrán los contradice: segundas partes nunca fueron buenas. A los grupos de rock les da igual si el dinero anda por medio. Muchos, que no tienen otra profesión, necesitan ver a sus viejos amigos -enemigos- de vez en cuando para seguir tirando. ¿Qué más da destruir el mito?

Curiosamente, fue en esta década, la de los 90, en la que todos decidieron volver. Antes el mito tenía más importancia que la pasta. Cuando alguien decidía separarse, no quedaba más que recrearse con los viejos discos o lamentarlo de por vida. Ahora ya no hay nada inalterable, y nadie se cree que las separaciones son para siempre. Muchos ya reconocen abiertamente dejar la puerta abierta a trabajar juntos otra vez en el futuro -Duncan Dhu, Radio Futura, El Último de la Fila…-, y así, si un buen día no les queda más remedio que volver a retomarlo donde lo dejaron, nadie les podrá acusar de ir contra su propia leyenda. Eso, en el caso de que hubieran llegado a tenerla. 

Tal vez el caso más conocido es el de la Velvet Underground. Después de tirarse los trastos a la cabeza y algo más, Lou Reed los abandonó a principios de los 70. Sobrevivieron unos años antes de dejarlo todos definitivamente y dar paso a, tal vez, la mayor leyenda del rock. Lou Reed y John Cale, los irreconciliables, limaron sus diferencias en el homenaje a Andy Warhol, Songs For Drella. Poco después, en una actuación sorpresa parisina, se reencontraron con Moe Tucker y Sterling Morrison. 

Así que decidieron reemprender una gira, más de 20 años después, que dio lugar a un doble disco en directo. La preparación de un nuevo disco, en el que Lou Reed se pretendía imponer a todos los niveles, fue motivo más que suficiente para que los otros tres lo acusaran de tirano y renacieran las viejas rencillas. O sea, una reunión tan frustrada y frustrante de la que no hay miedo que vuelva a suceder: Sterling Morrison murió el año pasado, poco después de acabar con este amargo capítulo. 

Ni el espíritu más nihilista puede ser obstáculo para rendirse a la evidencia del dólar. Sí, el punk, además de los reencuentros de Damned, los Ramones o Generation X, se prestó también en su mayor exponente: los Sex Pistols originales aunque, lógicamente, sin su mayor icono, Sid Vicious. 

Por lo menos estos tuvieron la honradez de titular su regreso "Filthy Lucre Tour" -"La gira del lucro indecente"-. Y, aunque con sus instrumentos eran mucho más profesionales y no querían saber nada de los escupitajos desde la primera fila, sus pocos meses juntos tuvieron su gracia: ruedas de prensa caóticas, conciertos suspendidos y camisas floreadas que paseaban con orgullo y sin importarles un pimiento. Tuvieron tiempo a reeditar su único disco grabado mientras existían -y todo el resto de su producción publicada después de disueltos- y un disco en directo con el que hinchar sus cuentas corrientes. De ésta probablemente quedaran todos escaldados. 

De aquellos grupos que nacieron con el cambio de década de los 70 a los 80, los Sex Pistols no son los únicos que decidieron darse un paseo por los escenarios de nuevo. Tal vez el caso más conocido sea el de Madness. Parece que en las Islas Británicas nadie logró representar tan bien su humor en las canciones y los videos, ya que al menos en dos ocasiones regresaron a lo grande, con conciertos multitudinarios, en su mayor parte en Londres, y con reedición de sus grandes éxitos. Este año presentan nuevo disco, el primero en más de una década.

También los Buzzcocks regresaron para una gira y un nuevo disco, aunque no hizo mucho en su contra, tampoco parece que les ayudara a que los conociera alguien más que sus seguidores de siempre. Lo mismo les pasó a Television, la banda de Tom Verlaine, que volvieron en el 92 sin lograr superar en ningún momento su cima Marquee Moon, aunque consiguieron evitar los reproches generalizados y no destrozaron en exceso su leyenda. 

También Echo & The Bunnymen regresaron hace dos años, después de las aventuras en solitario de Ian McCulloch y de haberlo intentando junto a dos de los otros miembros originales, sin el batería Pete De Freitas, muerto en accidente de moto. Con el nombre de Electrafixion nadie les hizo caso, así que se sintieron autorizados a retomar su viejo nombre y, sorpresa, todos parecen haber coincidido en que sus dos discos de regreso son una de las más notables vueltas de un grupo. 

Además de Blondie, uno de los últimos en probar suerte han sido Jane’s Addiction, que giraron por los USA el año pasado. Su disco de finales del 97, Kettle Whistle, fue una forma decente de recuperar sus viejas canciones y parte de su espíritu. Aunque, en su caso, el reencuentro vino motivado, sobre todo, por la falta de respuesta a los dos discos del proyecto de Perry Farrel -Porno For Pyros- y a que parte de los miembros actuales de Red Hot Chilli Peppers andaban un tanto desorientados. 

Pero los que más se han prodigado últimamente son los clásicos americanos de los 60 y 70, para bien y para mal. No hay más que recordar las recientes giras, acompañadas de discos de grandes éxitos o en directo, de Eagles, Chicago, Boston y Kiss o los Jackson Five hace algunos años. Según las crónicas, lo de Steely Dan se puede colocar un punto por encima de la media. 

Pero algunos británicos también han caído en lo inevitable. Traffic, con Steve Winwood y Jim Capaldi, volvieron en el 94 con un disco normalito, tal vez para sacar provecho de las continuas referencias de Paul Weller o Ocean Colour Scene. Lo de Supertramp y Pink Floyd no tiene nada de especial porque ya es más que habitual cada poco tiempo. 

Otros dos casos tienen más relevancia. Lo de King Crimson es, gracias a la labor de Robert Fripp, un motivo de satisfacción para sus fans, ya que no deja de experimentar con su música de la misma forma que en sus primeros días. Y cuando Alex Chilton decidió resucitar a Big Star lo hizo con alguno de sus seguidores: primero con gente de los Posies, utilizando el nombre de Big Star, y más tarde con Teenage Fanclub, para que quedara claro para todo el mundo de donde les venían las influencias a ambos. 

También se podrían tener en cuenta en este capítulo los reencuentros de los solistas con sus bandas. En los dos primeros casos, Elvis Costello con The Attractions y Bruce Springsteen con The E. Street Band, sus recientes colaboraciones no llegaron a la altura de sus primeros trabajos, pero quedaron más o menos dignas. Sin embargo Neil Young con Crazy Horse, su antigua banda, firmó, a principios de los 90, una serie de discos que figura entre lo mejor del canadiense y del rock eléctrico. Y eso a pesar de que llegó a despedirlos de nuevo por adelantar las maquetas de uno de esos discos.

Deberíamos citar, también, las continuas separaciones y reencuentros de los Rolling Stones, The Who, The Kinks, The Animals o Beach Boys, pero en su caso nunca quedó tajantemente claro que se hubieran separado, y todo lo más que hubo fue unas broncas descomunales entre ellos, nada especial. Queda también la reunión de los tres Beatles vivos para dar luz a una idea mísera: poner música a maquetas de segunda fila de John Lennon. Y Robert Plant y Jimmy Page intentan sobrevivir juntos al legado de Led Zeppelin con nuevas canciones y algunos de sus clásicos, además de haberse juntado en un par de ocasiones con John Paul Jones y el hijo de John Bonham. 

Hay otros que han conseguido escapar a los rumores y a las suculentas ofertas en forma de cheques. Sting aún duda si reunir a  Police e Iggy Pop no las tiene todas consigo respecto a juntar a los Stooges. Este año grabaron nuevas canciones Kraftwerk, Blondie, The Records y Public Enemy, preparan nuevos conciertos New Order, Bow Bow Bow y hasta Culture Club!, mientras Simple Minds recuperan a su formación original. Hasta ahora sólo se han salvado The Jam y The Clash. Aún hay quién resiste la tentación!

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO SILVIA TORRES

CAMPUS GALICIA ARTICULO SILVIA TORRES

ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 1999


Silvia Torres, seducción bahiana

 

         La década de los noventa, un auténtico trampolín para las músicas del mundo de cara al siglo XXI, ha traído para la música brasileña el impulso de nuevas formas y valores necesario en aras de la renovación de un género que ya había visto momentos de trascendencia capital. 

         La revolución de la bossa nova, capitaneada  por Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes a partir de finales de los cincuenta y primeros sesenta, así como el tropicalismo, conducido por Caetano Veloso y Gilberto Gil durante los setenta, se habían quedado fijados de tal forma en el subconsciente colectivo que cualquier evolución posterior tenía que tomarlos como referente obligado.  

         Son aquellos unos nombres que, a través de los años, han convivido con otros clásicos como Joao Gilberto, Gal Costa, Jorge Bem, Chico Buarque o Milton Nascemento, entre otros, y que, a su vez, han seguido estando siempre presentes y en la mente de las nuevas generaciones cuando comenzaron a grabar y actuar. 

         Así, en los últimos años, una nueva hornada de músicos, receptivos a todos aquellos referentes, pero sobre todo conectados a la realidad más inmediata, han proporcionado una nueva dimensión al tratamiento de la música popular. Todos han contribuido a mantener intacta la tradición al tiempo que conectaban con el lenguaje pop internacional, propiciando un espectacular resurgimiento de la música brasileña. 

Pensemos en la voz de Marisa Monte, el carisma de Carlinhos Brown o el discurso de Chico Cesar. Recordemos, también, la irrupción de figuras como Zeca Baleiro, Rosa Passos, Daniela Mercury, Fernanda Abreu, Lenine, Belo Velloso, Margarita Margareth Menezes, Marina Lima, Rita Ribeiro, Daúde, Mónica Salmaso, Chico Science & Naçao Zumbi… 

Entre aquellas cantantes introducidas recientemente en nuestro Estado se encuentra Silvia Torres, mujer de mirada directa y gesto apasionado, que acaba de publicar su primer disco de resonancia internacional, Silvia Torres.  

En el cómputo de su carrera, éste es su quinto disco, aunque según ella viene declarando se trata del primero de una nueva vida. Una consideración motivada por el hecho de que sus trabajos precedentes no eran más que recopilaciones de sus participaciones como intérprete en un trío eléctrico por las calles de Salvador de Bahía durante el Carnaval, intervenciones en las que diferentes artistas se pasean durante días cantando encima de escenarios ambulantes, entre cientos de miles de personas, por pura diversión y a la espera de que alguien reconozca su talento. 

         Nacida en Bahía y pariente lejana de Astrud Gilberto –la mítica cantante de “A garota de Ipanema”-, Silvia Torres tiene detrás un lustroso pasado como parte del grupo de rock brasileño Mar Revolto y como acompañante de figuras como Gilberto Gil o Carlinhos Brown, en este caso dentro de la agrupación Acordes Verdes, el grupo de Luz Caldás. 

         Para el disco con el que comienza su nueva etapa, Silvia Torres ha tenido claro que era necesario una alianza con alguien más para garantizarse a ella misma que no daba un paso en falso en este momento decisivo de su trayectoria. De ahí la participación como productor de su antiguo compañero Carlinhos Brown, siempre más proclive a colaborar con sus colegas que a dar impulso a su propia carrera. También ha contado con el respaldo del gobierno del Estado de Bahía, elemento clave para dejar definitivamente de lado las canciones de carnaval y exponer un concepto personal, escogiendo las canciones, el productor, los arreglos e incluso los músicos. 

         En esta colaboración, Carlinhos Brown ha sabido dejar claro el caudal de seducción que atesora la música bahiana y que tan perfectamente ha sabido interpretar Silvia Torres. Sensualidad, cadencia y ritmo son elementos que definen este disco, en el que la voz otorga luminosidad y escalofrío a los textos que pasan por su garganta. 

         Junto a canciones del Recônvaco de Bahía, zona de mar de melodías inocentes, ritmos cadenciosos y sensualidad desorbitada, como “Ao a da mina doce”, se incluyen otras procedentes del Sertao, el interior seco y pobre del mismo Estado, en tonos más graves, a medio camino entre el dolor y la esperanza.  

         La bossa miniaturista se combina con el samba de autor en canciones provistas de grandes hallazgos melódicos, brochazos de percusiones con trasfondo místico e invitados tan relevantes como Oscar da Penha, “Batatinha”, que falleció a los 72 años, poco después de poner su arte en este disco regalando el tema “Para todo efeito”. Así, su tratamiento, en clave acústica, casi artesanal, sin alardes tecnológicos, se convierte en su mayor acierto. 

         Si Elis Regina era pura fuerza, Maria Bethania puro carácter, Gal Costa la reina de la elegancia y Marisa Monte se sitúa como la nueva diva de la música brasileña, entonces Silvia Torres encarna la mejor representación posible de la sensualidad bahiana.

Xavier Valiño

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