BECK

Beck, las mutaciones del hombre de hoy

           Sea Change fue el disco de la ruptura con su pareja de muchos años, Leigh Lemon. Ahora, felizmente casado con la actriz Marissa Ribisi y con un hijo recién nacido, Beck deja de anticipar el futuro y mira por primera vez atrás en su trayectoria para ofrecernos una actualización de Odelay llamado Güero, apelativo que suelen emplear los latinos de su vecindad para llamarle ‘Blanco’.

Este nuevo disco parece reflejar algo más que la ciudad de Los Ángeles en la que vives, como si te apeteciera reconocer que hay más por ahí fuera.

         – Se trata de un disco oscuro. No es un disco para sentirse bien, para un día soleado. Tiene un lado más duro. Lo que quería era comentar cosas que significasen algo para mí en este momento: cosas personales, el espíritu de estos tiempos, así como la desaparición de algunos amigos y otras cosas que están pasando en el mundo. No puedes evitar recoger todo eso y convertirlas en algo en tu antena. Algunas veces me he encontrado escribiendo una canción sin saber por qué lo hacía, algo triste del tipo Blind Lemon Jefferson, y después he descubierto que un amigo había muerto esa noche. Está en el aire, ¿no? Es difícil escapar a todo lo que te rodea, con la guerra y todo eso.

 

De Güero, tu nuevo disco, se dice que tiene una parte de música latina, otra del blues de Bo Diddley, algo de la música que se hizo en la Costa Oeste de los EEUU en los 60, apuntes de música exótica brasileña o india, electrónica de baja fidelidad, y todo ello aderezado con la colaboración de Jack Black, los Dust Brothers y los Beastie Boys. Vamos, que nadie hace algo así.

         – Bueno, eso lo has dicho tú. Siempre he pensado que las referencias son injustas para la persona con la que te relacionan y para ti mismo también.

 

¿Y que hay de la trinidad con la que se te compara: David Bowie, Prince y Bob Dylan?

         – Normalmente se me compara con alguien con el que, o bien no trato de sonar como él, o bien no puedo compararme, con lo que la consecuencia es que no puedo ganar en esos símiles. Desde luego que he aprendido cosas de otros músicos, pero no soy tan bueno a la hora de hacer mímica. De alguna forma, se trata de arquitectura: cada casa necesita un tejado y una puerta, habitaciones y baños, y sólo hay doce notas en la escala. Así que, incluso aunque lo hagas consciente o inconscientemente, no hay escapatoria. No es que lleguemos de la era del jazz y, de repente, ahí esté el rock’n’roll para escribir el libro de estilo. Estoy jugando con cartas marcadas e intento decir algo nuevo con ello, darle algo de vida.

 

Algo que siempre sale a relucir al hablar de ti es que estás continuamente persiguiendo ideas nuevas. Tu curiosidad no parece tener límites.

         – Cada poco te encuentras con algo nuevo. Creo que cuando empezamos a jugar con ritmos rotos, una guitarra slide y un sitar, llegamos a algo que nadie había hecho antes. Debería haber hecho cinco discos seguidos entonces, explorar ese camino al límite. Pero, cuando quieres hacerlo de nuevo, otras diez personas ya lo han intentado.

 

¿No te tienta saber que tú has sido el primero en hacerlo y que tienes tu derecho? Güero parece ir en esa idea, la de volver a algo en lo que tú fuiste el precursor.

         No lo sé. El otro día estaba por ahí dando una vuelta en coche y escuché en la radio el clon número 500 de The Strokes. ¿Cuándo van a parar? Es como cuando llegas con algo nuevo y, después, lo escuchas en un anuncio de un refresco. En ese momento ya apesta. Puede que ésa sea la razón por la que siempre me gusta cambiar. Hay que hacer algo nuevo en todo momento.

 

Aunque tus textos son rebuscados, recuerdo que en “Sexx Laws” cantabas “Soy un hombre adulto, pero no temo llorar”.

         – Aquella frase era medio en serio, ya que se trataba de reflejar algo de esas canciones del rhythm & blues en el que los personajes masculinos fuertes rompen a llorar como niños. Hay algo interesante en esos hombres que pueden ser extraordinariamente sensibles y frágiles y, al mismo tiempo, cuidar de su mujer.

 

Entonces, ¿tú no lloras?

         – Por supuesto. Hace poco, por ejemplo, viendo un documental sobre los niños de Sudán. Uno de ellos vivía en Kansas, trabajaba en un psiquiátrico e iba a la universidad. Una facción opuesta había matado a su padre y él hablaba sobre lo que recordaba de su padre. Algo así me toca profundamente, tal vez porque ahora soy padre.

 

¿Cuál es tu canción de amor favorita?

         – No soy muy bueno con este tipo de listas, pero siempre me ha gustado “Kanga Roo” de Big Star. Es una canción que interpreto muchas veces en directo.

Xavier Valiño

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