091: La otra vida

091: La otra vida (Warner)

 

 

Si en su último disco de 1995 (Todo lo que vendrá después) había un par de canciones proféticas tituladas “Hora de decir adiós” y “Cómo acaban los sueños”, cinco lustros después 091 reaparecían con el single “Vengo a terminar lo que empecé”, adelanto del álbum titulado La otra vida. Aunque ninguno de esos títulos se refiera a su trayectoria profesional, es lícito e incluso poético interpretarlos así.

 

Este regreso se empezó a fraguar en la gira Maniobra de resurrección de hace tres años, con la que celebraban el vigésimo aniversario de separación de la banda. Aquellos conciertos fueron un verdadero éxito de público, mayor que el que nunca habían tenido, que los convenció de que podían y debían grabar un álbum a la altura de su leyenda, un trabajo que no fuese una simple excusa para volver a los escenarios y que mantuviese la intensidad alcanzada en esa gira.

 

 

Tras darse el debido tiempo para acometer sus proyectos en solitario suspendidos por la gira (los discos El alma dormida de José Ignacio Lapido, Lluvia de piedras de José Antonio García y el debut como El Hijo Ingobernable de Víctor Lapido), el grupo se enfrentó a su primera cosecha de canciones en 25 años con la supervisión-producción del francés Frandol, del grupo Roadrunners, viejo amigo desde los años 80. Además de la formación de quinteto de la última etapa, contaron también con la novedad de la participación del teclista Raúl Bernal, destacada, por ejemplo, en “Por el camino que vamos”.

 

 

El resultado destaca, desde el primer momento, por haber conseguido un sonido como el que nunca había tenido el grupo, ni siquiera cuando su segundo disco contó con la producción de Joe Strummer (The Clash). Ahora no tocan tan furiosos y urgentes como antes, sino más sólidos y contenidos, algo que se complementa también en la voz de José Antonio, más grave y madura.

 

Los textos de José Ignacio Lapido -sin duda, uno de los mejores letristas en castellano- se muestran tan descreídos como trufados de escepticismo, hablando de alienación, soledad y hastío pero también sustentadas en cierto humor negro personal y un atisbo de esperanza. De esta forma, este manojo de diez canciones resulta perfectamente reconocible y mantiene las señas de identidad de la banda, al tiempo que consiguen reivindicarse como totalmente válidos, e incluso necesarios, 38 años después de su formación

 

 

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